Comprender el origen biológico y emocional de la artrosis y la artritis es una invitación a conocerte.
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«Es culpa mía»
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Hasta hace relativamente poco tiempo, lo natural era pensar que si una articulación empezaba a doler, a inflamarse o a perder movilidad, se debía simplemente al desgaste del cuerpo o al paso del tiempo. Ahora, sin embargo, la verdadera pregunta no es solo qué le está ocurriendo a esa articulación, sino para qué tu cuerpo está expresando ese síntoma.
Y para encontrar esa respuesta, merece la pena -nunca mejor dicho- mirar un poco más atrás, y revisar qué de todo eso que has vivido para llegar hasta aquí, de cómo has aprendido a exigirte, de la responsabilidad que has asumido durante años y de las veces que has seguido tirando «p’alante», incluso cuando sentías que ya no podías más, tiene que ver con lo que ahora te muestra tu biología.
Amigo, amiga, el cuerpo nunca habla únicamente del presente; también expresa la historia que hay detrás de la persona que hoy eres.
Mirada bio-Lógica
Las articulaciones forman parte de prácticamente todos los movimientos que realizas a lo largo del día. Gracias a ellas tu cuerpo puede flexionarse, girar, sostenerse, acercarse, alejarse y adaptarse a cada situación. Son las estructuras que permiten que dos huesos trabajen en armonía para que el movimiento sea posible y, precisamente por esa función, desde una mirada biológica también guardan una estrecha relación con tu capacidad para adaptarte a los cambios, afrontar nuevas situaciones o flexibilizarte ante aquello que la vida va poniendo en tu camino.
Desde la © Descodificación Biológica Integrativa (DBI) y la Nueva Medicina Germánica (NMG), tanto la artrosis como la artritis se relacionan con conflictos de desvalorización. No una desvalorización entendida únicamente como una baja autoestima, sino como esa sensación profunda de no llegar, de exigirte más de lo que puedes dar, de sentir que tienes que poder con todo o de vivir bajo una presión constante. Si llevas tiempo sintiendo alguno de estos síntomas, quizá descubras que el desgaste o la inflamación no empezaron en tus articulaciones, sino mucho antes, en la manera en la que aprendiste a relacionarte contigo, con los demás y con la propia vida.
Diferencias entre artrosis y artritis
La artrosis es un proceso degenerativo en el que, poco a poco, el cartílago que protege la articulación va perdiendo su capacidad para amortiguar el roce entre los huesos. Es un desgaste progresivo que suele manifestarse con rigidez, dolor y una pérdida gradual de movilidad.
La artritis, por el contrario, tiene un componente inflamatorio. La articulación se inflama, aumenta de temperatura, puede aparecer hinchazón y el dolor suele ser más intenso, especialmente durante los brotes. Es un proceso más activo y, en muchas ocasiones, también más incapacitante.
Desde la medicina alopática, esta diferencia se explica por el tipo de afectación que presenta cada patología. Y cuando las observamos desde la mirada biológica, descubrimos que esa diferencia física también refleja un proceso biológico y una vivencia emocional distinta.
Mientras que en la artrosis predomina una historia de desgaste mantenido en el tiempo, de adaptación constante y de haber continuado durante años a pesar del cansancio, en la artritis aparece con mayor frecuencia una vivencia de tensión interna, enfado contenido, crítica, autoexigencia y una sensación de injusticia que permanece activa.
Aunque ambas comparten un mismo conflicto de base: la desvalorización, la forma en la que el cuerpo expresa ese conflicto es diferente, y comprender ese matiz será fundamental para entender el sentido biológico de cada una de ellas.
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Capa embrionaria y conflicto biológico
Como estamos viendo, cuando hablamos de artrosis o artritis no estamos hablando únicamente de una articulación que se desgasta o se inflama. Desde la Nueva Medicina Germánica (NMG), estos tejidos tienen un origen embrionario común: el Mesodermo Nuevo, una capa embrionaria cuyos tejidos responden biológicamente cuando la persona vive un conflicto de desvalorización.
Pero esa desvalorización no siempre aparece porque alguien te haya dicho que no vales, también nace de la forma en la que tú misma has aprendido a colocarte frente a la vida, de exigirte más que nadie, de sentir que siempre puedes hacer un poco más, de asumir responsabilidades que quizá nunca te correspondieron o de convertirte, casi sin darte cuenta, en quien sostiene a los demás mientras vas dejando tus propias necesidades para más adelante.
Con el tiempo, esa manera de vivir deja de ser un esfuerzo puntual y se convierte en una forma de identidad. Ya no haces las cosas porque quieras, sino porque sientes que debes hacerlo. Descansar genera culpa, te resulta incómodo pedir ayuda, y reconocer que no puedes más lo vives casi como un fracaso.
Desde esta perspectiva, el conflicto biológico no aparece porque un día te sintieras insuficiente. Se va construyendo poco a poco, a través de cientos de pequeños momentos en los que te exigiste más de la cuenta, te comparaste, te responsabilizaste de lo que no era tuyo o sentiste que tu valor dependía de todo lo que eras capaz de hacer por los demás.
Fases de la enfermedad según la NMG
Comprender en qué momento se encuentra el conflicto puede ayudarte a mirar el síntoma desde una perspectiva completamente diferente. Porque no siempre duele cuando el conflicto se está viviendo, ni la inflamación significa necesariamente que todo esté empeorando. En muchas ocasiones ocurre precisamente lo contrario.
Fase activa del conflicto
Durante esta primera fase tú continúas respondiendo, resolviendo, cumpliendo con tus responsabilidades, intentando llegar a todo. Desde fuera, incluso puede parecer que no ocurre nada especial, porque has aprendido a funcionar aun cuando el desgaste emocional ya forma parte de tu día a día.
Mientras tanto, tu organismo permanece en un estado de adaptación constante. Estás tensa, el sistema nervioso continúa en alerta y los tejidos del mesodermo nuevo comienzan a responder biológicamente a ese conflicto de desvalorización. Es frecuente que durante esta etapa apenas existan síntomas o que estos pasen desapercibidos, precisamente porque toda tu energía está puesta en seguir funcionando.
Fase de reparación
Cuando aquello que estabas viviendo comienza a resolverse, cambia o deja de tener la misma intensidad, el organismo puede iniciar el proceso de reparación de los tejidos afectados. Es entonces cuando, paradójicamente, suelen aparecer los síntomas que más preocupan:
- inflamación
- dolor
- rigidez
- limitación del movimiento
- calor articular
- hinchazón
Desde esta perspectiva, la inflamación deja de verse únicamente como un problema y pasa a entenderse como parte del proceso de reparación que el propio organismo está llevando a cabo.
Una aclaración importante
Comprender el sentido biológico de un síntoma no significa asumir que todos los casos de artrosis o artritis responden exactamente al mismo conflicto ni que deban interpretarse de forma aislada.
Cada persona es única con su historia (propia y transgeneracional), sus vivencias, y su peculiar manera de interpretar y experimentar aquello que le ocurre. Por eso, el síntoma nunca debería analizarse separado de la persona que lo vive.
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El significado emocional de la artrosis
Si tienes artrosis, es posible que durante años hayas aprendido a vivir esforzándote mucho más que disfrutando. No porque esa fuera tu intención, sino porque en algún momento de tu vida, hacerte cargo, responder o seguir adelante aunque costase fue la mejor manera que encontraste para adaptarte a lo que estabas viviendo.
Con el paso del tiempo, esa forma de funcionar deja de ser una respuesta puntual y acaba convirtiéndose en una manera de vivir. Poco a poco vas normalizando el cansancio, posponiendo tus propias necesidades, diciendo «ya descansaré cuando pueda» o «primero termino esto», hasta que un día te das cuenta de que hace mucho tiempo que no te preguntas qué necesitas tú.
Tu cuerpo te pide parar
La artrosis suele hablarnos de personas que han aprendido a resistir y rara vez se permiten bajar la guardia, que continúan incluso cuando ya no tienen energía y que sienten una profunda responsabilidad hacia todo lo que ocurre a su alrededor. No porque quieran controlarlo todo, sino porque, en algún lugar de su historia, aprendieron que relajarse podía tener un precio demasiado alto.
También es frecuente que exista una gran dificultad para flexibilizar, no solo en el cuerpo, sino en la forma de vivir. Cuesta delegar, pedir ayuda, cambiar de opinión o aceptar que ya no puedes con el mismo ritmo de antes. Hay una parte de ti que sigue creyendo que descansar es perder el tiempo, que detenerte es no cumplir con «tu deber», o que mostrar tu cansancio puede interpretarse como ser débil.
Con el tiempo, esa manera de relacionarte contigo mismo va dejando una huella. No porque la artrosis sea un castigo (¡la enfermedad no viene a castigarte!), sino porque el cuerpo refleja la historia de cómo has aprendido a vivir. Detrás de ese desgaste progresivo, hay una invitación a recuperar algo que olvidaste hace mucho tiempo: la capacidad de escucharte, de cuidarte y de dejar de medir tu valor únicamente por todo lo que eres capaz de hacer.
El significado emocional de la artritis
Si la artrosis nos habla de un desgaste que se ha ido instalando poco a poco, la artritis refleja un conflicto que permanece activo. Aquí ya no solo hay cansancio; también hay tensión, resistencia y una emoción que lleva demasiado tiempo buscando una salida.
Con frecuencia, detrás de una artritis encontramos personas que han aprendido a contener mucho más de lo que expresan, que procuran mantener la calma, evitar el (posible) conflicto o responder de la mejor manera posible, incluso cuando por dentro sienten frustración, enfado o una profunda sensación de injusticia.
No significa que vivas enfadada constantemente; de hecho, muchas veces ocurre justo lo contrario. Has aprendido a controlar lo que sientes, a medir tus palabras, a callarte para no hacer daño, a ceder para evitar discusiones o a convencerte de que es mejor seguir adelante antes que expresar aquello que realmente te está doliendo.
Con el tiempo, esa forma de relacionarte con tus emociones se convierte también en una forma de relacionarte contigo. Empiezas a exigirte más de lo que exigirías a cualquier otra persona, te juzgas con dureza cuando cometes un error, sientes que deberías haberlo hecho mejor y acabas convirtiéndote en tu crítico más severo.
Palabra clave: Autoexigencia
Y cuando esa autoexigencia se mantiene durante años junto a la necesidad de contener el enfado, comienza la lucha, porque mientras que una parte de ti necesita poner límites, decir «hasta aquí», expresar lo que siente… otra sigue creyendo que de hacerlo no la mirarán con los mismos ojos y se sentirá culpable por ello.
No es casualidad que el sufijo -itis haga referencia a inflamación. Desde esta mirada, la inflamación puede entenderse también como la expresión simbólica de una emoción (rabia, enojo, ira) que ha permanecido demasiado tiempo activa por dentro, y como no siempre se se ha mostrado hacia fuera, continúa presente en forma de tensión, resentimiento o irritabilidad contenida.
Por este motivo, cuando acompaño a una persona con artritis, no basta con preguntarle qué es lo que le enfada. También es importante descubrir desde cuándo aprendió que lo más seguro era no enfadarse, qué ocurrió para que empezara a callar lo que sentía y en qué momento llegó a creer que debía seguir complaciendo a los demás incluso a costa de sí misma.
La verdadera necesidad no es dejar de enfadarte, es sentir que puedes expresar lo que sientes sin miedo a dejar de ser querido, aceptado o sentirte suficiente tal y como eres.
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¿Te reconoces en alguno de estos resentires?
En © Descodificación Biológica Integrativa (DBI) llamamos resentir emocional a esa vivencia interna que experimentas en soledad, y que muchas veces nunca llegas a expresar. No es tanto lo que cuentas que te ocurre, sino aquello que piensas, sientes o te repites por dentro mientras intentas seguir adelante. A veces forma parte de tu manera habitual de vivir y pasa completamente desapercibido, pero precisamente ahí suele encontrarse una de las claves para comprender el sentido biológico del síntoma.
No todas las personas que desarrollan una artrosis o una artritis viven exactamente el mismo conflicto. Sin embargo, si mientras lees alguna de estas frases sientes que hablan de ti, detente un instante y escúchalas desde otro lugar.
Cuando el cuerpo se expresa a través de la artrosis…
- «No pasa nada… ya puedo yo».
- «Ahora no es momento de pensar en mí».
- «Ya descansaré cuando termine todo lo que tengo que hacer».
- «Es más fácil hacerlo yo que pedir ayuda».
- «Tengo que seguir, aunque esté agotada».
- «No puedo permitirme parar ahora».
- «Llevo tanto tiempo haciéndome cargo de todo, que ya ni sé cómo pedir que me ayuden».
- «Supongo que esto es lo que me ha tocado».
- «No pasa nada por aguantar un poco más».
- «Ya habrá tiempo para mí…».
Cuando el cuerpo se expresa a través de la artritis…
- «Me lo guardo… como siempre».
- «No es justo… pero da igual».
- «Si digo lo que realmente pienso, se va a liar».
- «Tengo que ceder de nuevo».
- «Nunca parece suficiente, haga lo que haga·».
- «Estoy cansada de tragarme las cosas».
- «No entiendo por qué siempre tengo que ser yo».
- «Seguro que ha sido culpa mía».
- «Esto ya pasa de castaño oscuro».
- «Al final siempre termino cediendo».
Relación con tu historia personal y transgeneracional
Cuando miramos la artrosis o la artritis únicamente desde el síntoma, es fácil pensar que todo empieza en esa articulación en particular. Sin embargo, una forma de vivir no nace de un día para otro. Antes de que aparezca el desgaste o la inflamación ya existía una historia, una manera de responder a la vida, de afrontar las dificultades y de relacionarte contigo misma que, casi siempre, comenzó mucho antes de que fueras consciente de ello.
Quizá creciste en un entorno donde hacerse cargo de los demás era lo normal, donde valoraban más el esfuerzo que el descanso o donde no pudiste expresar si estabas cansada, enfadada o triste.
Y como todos llegamos al mundo con una predisposición biológica a sobrevivir y a conservar el vínculo con quienes nos cuidan, aprendiste a adaptarte a lo que había, a resolver antes de que te lo pidieran, a estar pendiente de las necesidades de los demás y a ir dejando para más adelante las tuyas, hasta el punto de que, con el tiempo, incluso dejaste de preguntarte qué necesitabas realmente.
Con el tiempo, esa forma de vivir deja de sentirse como una elección y se convierte en algo automático:
- Ya no te preguntas si quieres hacerte cargo, simplemente lo haces.
- Ya no valoras si puedes o no seguir sosteniendo determinadas situaciones, porque hace mucho que aprendiste que esa era tu manera de querer, de sentirte parte de tu familia o de sentirte útil.
Y, muchas veces, esa historia tampoco empezó contigo.
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Ya lo vivieron tus ancestros
Cuando profundizamos en el árbol familiar vemos que hubo generaciones que vivieron desde el sacrificio, la supervivencia o el «hay que seguir adelante». Hombres y mujeres que no pudieron permitirse parar, que callaron lo que sentían porque había otras prioridades o que hicieron del esfuerzo una forma de entender la vida.
No heredamos únicamente el color de los ojos o determinados rasgos físicos; también recibimos maneras de afrontar el dolor, de gestionar las pérdidas, de relacionarnos con el trabajo, con la responsabilidad y con el lugar que ocupamos dentro de la familia.
Sin ser conscientes de ello crecemos creyendo que descansar es perder el tiempo, que pedir ayuda es una señal de debilidad o que nuestro valor depende de todo lo que somos capaces de hacer por los demás. Y cuando estas creencias se mantienen durante años, dejan de parecer creencias y se convierten en nuestra forma de vivir.
Por eso comprender tu historia no significa buscar culpables ni explicar el síntoma únicamente por lo que ocurrió en el pasado. Significa reconocer que muchas de las estrategias que hoy sigues utilizando fueron, en su momento, la mejor solución que encontraste para adaptarte a aquello que estabas viviendo.
Y es entonces cuando comienza la verdadera transformación. No cuando luchas contra el síntoma, sino cuando empiezas a preguntarte si esa forma de exigirte, de responsabilizarte o de sostener a los demás sigue teniendo sentido para la persona que hoy eres.
Reflexiones
Deseo que después de leer este artículo, la artrosis o la artritis hayan dejado de ser solo un diagnóstico para convertirse en una invitación a comprender tu historia desde una mirada diferente.
A lo largo de la vida aprendemos a adaptarnos para poder seguir adelante: aprendemos a esforzarnos, a responsabilizarnos, a callar lo que sentimos, a responder antes a las necesidades de los demás que a las nuestras. Y sí, en muchas ocasiones esas formas de vivir fueron necesarias; gracias a ellas pudiste salir adelante en un momento en el que probablemente no existía otra manera de hacerlo.
Sin embargo, lo que entonces te sirvió para continuar adelante, no tiene por qué seguir acompañándote toda la vida.
Hoy puedes preguntarte si ser tan exigente sigue siendo necesario, si ser tan sumamente responsable continúa correspondiéndote o si todavía necesitas demostrar tu valía a través de todo lo que haces por los demás. Hoy puedes elegir quién quieres ser.
Comprender el sentido biológico de un síntoma te permite dejar de resignarte a vivir con ello. La comprensión abre una nueva forma de mirarte, entendiendo que cuerpo, mente y biografía forman parte de una misma historia y que, cuando una de ellas cambia, las demás también pueden empezar a hacerlo.
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¿Qué parte de ti espera que la escuches con la misma atención con la que llevas tantos años escuchando a los demás?




