Comprender los distintos tipos de apego en adultos te ayuda a reconocer por qué determinadas situaciones te afectan tanto, y qué has aprendido a esperar de tus relaciones.
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«No quiero perderte»
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No vivimos todas las relaciones de la misma manera.
A veces basta con notar que alguien está más distante contigo para que empieces a sentirte inquieto, o puede que te ocurra lo contrario: cuanto más se acerca alguien, más necesitas alejarte.
En determinadas situaciones buscas que la otra persona te confirme que todo está bien entre vosotros, y en otras te cuesta expresar lo que necesitas o confiar plenamente, incluso cuando deseas hacerlo.
¿Alguna vez te has preguntado por qué determinadas situaciones te afectan tanto?
¿Por qué vuelves a sentir el mismo miedo con personas diferentes? ¿Por qué necesitas asegurarte de que el otro sigue ahí? ¿O por qué empiezas a sentirte incómodo cuando una relación se vuelve más íntima, aunque quieras estar con esa persona?
Nuestra manera de relacionarnos no empieza con nuestra primera pareja. Mucho antes ya hemos comenzado a aprender qué podemos esperar de los demás, cómo nos sentimos cuando necesitamos a alguien y cómo reaccionamos ante la posibilidad de perder ese vínculo.
De eso habla el apego.
Pero comprenderlo no consiste en colocarte una etiqueta: se trata de entender por qué amas como amas sin convertir tu historia en una condena.
¿Qué es realmente el apego?
El apego es el vínculo emocional que establecemos con aquellas personas que sentimos importantes para nuestra seguridad y nuestro bienestar.
Comienza a desarrollarse desde los primeros años de vida, cuando dependemos de otros para sobrevivir, pero no desaparece cuando crecemos. Cambian las personas y las circunstancias, pero seguimos necesitando sentir que podemos contar con alguien y sentirnos acompañados cuando atravesamos momentos difíciles.
Por eso el apego no tiene que ver únicamente con cuánto queremos a alguien, sino también con cómo nos sentimos cuando creemos que podemos perder ese vínculo.
Ante una discusión, un silencio o un cambio en la actitud de nuestra pareja, podemos reaccionar de maneras muy diferentes. Quizá necesitemos acercarnos, hablar y aclarar qué ha ocurrido, o tal vez prefiramos tomar distancia y disponer de un tiempo antes de continuar la conversación.
Estas diferencias no tienen por qué significar que una persona quiera más que la otra; también tienen que ver con cómo hemos aprendido a buscar seguridad cuando sentimos que una relación importante puede estar en peligro.
Y esto es muy importante, porque el apego nunca debería utilizarse como una nueva forma de definirnos.
Podemos reconocernos en determinadas características del apego ansioso, evitativo o desorganizado, estas categorías nos sirven de ayuda para comprender determinados patrones, pero una persona es mucho más que la estrategia que activa cuando siente amenazado un vínculo.
Además, nuestra manera de relacionarnos puede cambiar a lo largo de la vida: las experiencias posteriores, las relaciones que construimos y el trabajo personal pueden modificarla. Por eso la pregunta no es preguntarte qué tipo de apego tienes, sino otra muy diferente:
¿Qué necesitas para sentirte seguro dentro de una relación?
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El apego comienza mucho antes de tu primera relación de pareja
Cuando somos pequeños dependemos de nuestros padres o de los adultos que nos cuidan. Los necesitamos para alimentarnos, protegernos y ayudarnos a sentirnos seguros en un mundo que todavía estamos empezando a conocer… y no podemos elegir de quién depender ni tenemos la posibilidad de alejarnos cuando algo nos asusta o nos hace daño.
Es en esas primeras relaciones donde vamos descubriendo qué ocurre cuando lloramos, tenemos miedo, buscamos consuelo, queremos explorar algo nuevo o necesitamos volver a sentirnos cerca de alguien.
Y todo esto no lo aprendemos mediante explicaciones: lo aprendemos viviéndolo.
Cuando un niño encuentra habitualmente una respuesta a sus necesidades, puede ir aprendiendo que pedir ayuda no significa molestar, que puede alejarse para descubrir cosas nuevas y regresar cuando necesita protección, y que las personas que lo cuidan siguen estando ahí cuando las necesita. Esas experiencias le ayudan a desarrollar una mayor sensación de seguridad.
Sin embargo, no todos los niños crecen con esa misma experiencia.
A veces, los adultos están disponibles y otras no. Pueden responder con cariño en determinados momentos y mostrarse desbordados, distantes o imprevisibles en otros. También puede ocurrir que atiendan perfectamente las necesidades materiales del niño, pero tengan dificultades para acompañarlo cuando siente miedo, tristeza o enfado.
Y hay otras experiencias que pueden influir en cómo vive sus relaciones: crecer en un ambiente de sobreprotección, pasar por separaciones prolongadas, enfermedades o pérdidas, presenciar conflictos familiares, recibir silencios como castigo, sentir que determinadas emociones no son bien recibidas, e incluso puede suceder que, desde muy pequeño, termine más pendiente de cómo se encuentran los adultos que de expresar lo que él mismo necesita.
No se trata de buscar culpables
Nada de esto significa necesariamente que no haya existido amor. Una madre o un padre pueden querer profundamente a su hijo, y sin embargo no saber cómo acompañarlo en determinados momentos. Quizá tampoco ellos aprendieron a expresar sus emociones, pedir ayuda o afrontar sus propios miedos.
Porque nuestros padres también llegaron a la crianza con una historia, unas experiencias y una manera de relacionarse que habían aprendido mucho antes de tenernos.
Comprenderlo no quiere decir que restemos importancia a lo que vivimos ni justificar aquello que pudo hacernos daño. Quiere decir que podemos mirar nuestra infancia sin necesidad de convertir esa mirada en una búsqueda de quién tuvo la culpa.
Lo importante es reconocer qué fuimos aprendiendo acerca de nuestras relaciones.
Quizá de pequeños sentimos que teníamos que insistir mucho para que nos atendieran, que era mejor no pedir demasiado o que debíamos estar pendientes del estado de ánimo de los demás. Puede que aprendiéramos a callar nuestro enfado por miedo a que dejaran de hablarnos, a vivir las separaciones con mucha inquietud o a evitar mostrar cuánto necesitábamos a alguien.
Y cuando esas experiencias se repiten durante años, podemos llegar a la vida adulta sin darnos cuenta de cuánto han influido en nuestra manera de acercarnos a los demás, expresar lo que necesitamos o reaccionar cuando sentimos miedo de perder una relación.
De esas distintas maneras de buscar cercanía, protección y seguridad surgen los patrones que conocemos como estilos de apego.
Los cuatro tipos de apego en adultos: cuatro maneras de buscar seguridad
Podemos hablar de apego seguro, ansioso, evitativo o desorganizado sin caer en el error de pensar que existen cuatro formas perfectamente delimitadas de relacionarnos y que cada persona pertenece necesariamente a una de ellas. La realidad es mucho más flexible.
Podemos reconocer una tendencia predominante, y al mismo tiempo reaccionar de manera diferente según la relación, el momento que atravesamos o lo que esa persona despierta en nosotros. Incluso una persona que habitualmente se siente segura en sus relaciones puede empezar a dudar cuando se encuentra con alguien que se muestra ambiguo, distante o poco coherente en su comportamiento
Por eso estos patrones son útiles en tanto en cuanto nos ayudan a comprendernos, pero dejan de serlo cuando los convertimos en etiquetas.
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Apego seguro: puedo estar contigo sin dejar de estar conmigo
Partamos de algo importante: la seguridad no significa que no tengas miedo a perder a alguien, que no sientas celos o que siempre sepas afrontar los conflictos con serenidad; significa que esas situaciones no suelen hacerte dudar de toda la relación ni sentir que tienes que hacer algo inmediatamente para sentirte tranquilo.
Quien se relaciona desde un lugar suficientemente seguro puede necesitar cercanía y también tolerar la distancia, expresar lo que le ocurre, escuchar las necesidades del otro y afrontar un desacuerdo sin pensar que la relación está a punto de terminar, y, sobre todo, puede amar, comprometerse y compartir sin dejar de escucharse a sí mismo.
Estar cerca no exige renunciar constantemente a uno mismo, y estar separado no significa dejar de sentirse querido. Es poder querer al otro sin convertirlo en el único responsable de su seguridad emocional.
Apego ansioso: necesito saber que sigues ahí
En el apego ansioso, cuando notas cierta distancia en la relación, te cuesta estar tranquilo hasta saber que todo sigue bien entre vosotros.
Quizá tu pareja tarda más de lo habitual en responderte, la notas diferente o lleváis unos días hablando menos. Y empiezas a darle vueltas: ¿habré hecho algo?, ¿le pasará algo conmigo?, ¿estará perdiendo el interés?, ¿seguirá sintiendo lo mismo por mí?
Puede que no esté ocurriendo nada que ponga en peligro vuestra relación, pero el miedo a perderla hace que necesites encontrar respuestas cuanto antes, y entonces empiezas a preguntarle repetidamente si todo está bien, buscas que te confirme que sigue queriéndote, necesitas hablar inmediatamente o incluso puedes llegar a comprobar cosas que antes no te preocupaban.
Y aunque algunas de estas conductas puedan parecer una forma de controlar al otro, lo que normalmente escoden es miedo.
Miedo a dejar de ser importante, miedo a que esa distancia termine convirtiéndose en una separación, miedo a descubrir que sus sentimientos han cambiado sin que tú te hayas dado cuenta.
Por eso, cuanto más inseguro te sientes, más puedes necesitar acercarte y buscar respuestas, y, sin embargo, esa insistencia con la que intentas asegurarte de que todo sigue bien, puede acabar generando presión en la otra persona y provocar precisamente la distancia que tanto temes.
Apego evitativo: si no necesito demasiado, puedo protegerme
En este apego sucede que, aun sintiéndote cómodo compartiendo tu vida con alguien, en determinadas situaciones necesitas poner distancia.
Por ejemplo, supón que tu pareja quiere hablar de lo que siente, necesita más cercanía o te pide que expreses lo que te está pasando. y tú, aunque la quieres, empiezas a sentirte incómodo, presionado o con ganas de terminar la conversación.
Por eso, este tipo de apego no significa que no quieras compartir tu vida con ella. Puede que lo que te resulte difícil sea mostrar determinadas emociones, reconocer que el otro es importante para ti, o sentir que depende demasiado de ti.
Entonces prefieres resolver las cosas por tu cuenta, restando importancia a lo que sientes, evitando conversaciones que te incomodan o necesitando alejarte cuando aparece un conflicto. Y puede que no entiendas por qué tu pareja se siente rechazada. Para ti, tomar distancia puede ser simplemente una manera de ordenar tus pensamientos, sentirte menos presionado o recuperar tu espacio.
El problema no está en necesitar tiempo para ti, algo perfectamente saludable dentro de una relación, sino en que alejarte termine siendo tu respuesta habitual cada vez que algo te incomoda emocionalmente.
Porque una cosa es necesitar espacio y poder comunicarlo, y otra muy distinta es que la persona con la que compartes tu vida no sepa qué te ocurre, qué necesitas o si estás dispuesto a hablar de aquello que os afecta a ambos.
Apego desorganizado: deseo acercarme… y al mismo tiempo necesito protegerme
Cuando deseas profundamente sentirte querido, confiar en alguien y construir una relación estable, y cuando la relación empieza a hacerse más íntima, sientes miedo o desconfianza.
Por ejemplo, hay momentos en los que buscas la compañía de tu pareja y sientes que puedes contar con ella, pero cuando esa proximidad se da, te sientes incómodo, desconfías de sus intenciones o necesitas alejarte… aunque ni siquiera tú comprendas lo que te ocurre.
Quieres que se acerque, pero cuando lo hace te cuesta recibir su afecto. Temes que te abandone, pero a veces eres tú quien se distancia. Deseas confiar, pero cuando empiezas a hacerlo te sientes especialmente vulnerable: Acercarte puede darte miedo. Alejarte también.
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Esta es una de las mayores dificultades de este patrón: no encuentras una manera de sentirte seguro que te sirva de forma constante. Puedes buscar cercanía para sentirte protegido y, poco después, necesitar distancia porque esa misma cercanía te hace sentir expuesto. ¿Cuál es el origen de esta contradicción?
Imagina qué puede experimentar un niño cuando la persona de la que depende para sentirse protegido es también, en determinados momentos, quien le provoca miedo o amenaza. Busca refugio en ella, pero al mismo tiempo siente miedo de hacerlo.
Es decir, la misma persona a la que necesita acudir para sentirse seguro puede ser aquella de la que siente que debe protegerse.
Estas experiencias aparecen en contextos de trauma, negligencia, violencia, abusos o relaciones familiares profundamente inestables. Sin embargo, reconocer algunas de estas características en tu manera de relacionarte no significa que necesariamente hayas vivido una historia determinada.
Lo importante es comprender que, cuando la cercanía y el miedo han quedado asociados en nuestras primeras experiencias, podemos llegar a la vida adulta deseando profundamente una relación segura, y al mismo tiempo encontrando grandes dificultades para confiar en ella.
En conclusión
Si bien ninguno de estos patrones define por completo quién eres, cómo serán tus relaciones ni qué futuro tendrán, conocerlos puede ayudarte a comprender algo importante: dos personas pueden querer estar juntas y, sin embargo, reaccionar de maneras muy diferentes cuando sienten que algo no va bien entre ellas.
Mientras una necesita acercarse, hablar y encontrar respuestas, la otra necesita tomar distancia, tener espacio y tiempo para sí misma.
Y es precisamente en esas diferencias donde a veces comienzan las dificultades que se repiten una y otra vez en las relaciones de pareja.
Cuando dos historias se encuentran
Cuando comienzas una relación, no solo estás conociendo a otra persona. También empiezas a descubrir cómo se siente cuando estáis juntos, qué necesita cuando algo le preocupa, cómo responde ante un desacuerdo o qué hace cuando necesita espacio… Y lo mismo le ocurre a ella contigo.
A veces, las dificultades no aparecen porque uno quiera más que el otro, sino porque lo que uno hace para sentirse seguro puede provocar precisamente la inseguridad del otro.
Veámoslo con un ejemplo bastante habitual.
Después de una discusión, una persona necesita hablar cuanto antes, quiere aclarar qué ha sucedido, saber si todo está bien entre ambos y resolver lo que les ha distanciado. Sin embargo, su pareja necesita tiempo, se siente agobiada y prefiere ordenar sus pensamientos antes de continuar hablando.
¿Y qué sucede entonces? Que cuanto más tarda en responder, mayor es la inquietud de quien necesita hablar y empieza a insistir porque quiere saber qué está ocurriendo. Pero cuanto más insiste, más presión siente su pareja y se distancia todavía más, responde menos o pide que la dejen tranquila.
Y llega un momento en el que ambos empiezan a encontrar en el comportamiento del otro la confirmación de aquello que más temen.
Uno piensa: «Sabía que terminaría alejándose».
El otro: «Sabía que si me acercaba acabaría sintiéndome atrapado».
No saben que ninguno está respondiendo únicamente a lo que acaba de suceder, sino también a lo que interpreta que significa la reacción del otro.
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¡Siempre terminamos discutiendo!
Por eso hay discusiones que parecen repetirse, aunque el motivo sea diferente: un día puede ser un mensaje sin responder, otro una salida con amigos y otro una conversación que queda pendiente. Cambian las circunstancias, pero la manera de reaccionar puede terminar siendo muy parecida.
Y aunque esta dinámica entre una persona con tendencia ansiosa y otra evitativa es bastante conocida, no es la única.
Dos personas con tendencia ansiosa pueden necesitar constantes muestras de afecto o confirmación y terminar alimentando mutuamente sus preocupaciones. Dos personas que han aprendido a resolverlo todo por su cuenta pueden evitar durante mucho tiempo conversaciones importantes, aunque ambas deseen sentirse más comprendidas y acompañadas.
Y cuando la necesidad de afecto va acompañada del miedo a recibirlo, puede resultar especialmente difícil comprender por qué en determinados momentos se busca intensamente y en otros se rechaza.
Lo importante es empezar a reconocer qué sucede entre vosotros cuando aparece una dificultad, en lugar de centrar toda la atención en quién ha empezado la discusión o quién tiene razón. Porque a veces lo que mantiene un conflicto no es únicamente aquello que lo provocó, sino la manera en que ambos respondéis a lo que hace el otro.
Pero antes de atribuir estas dificultades a nuestros patrones de apego, necesitamos tener en cuenta algo importante: nuestra historia personal no siempre explica las dificultades que aparecen en una relación.
No todo lo que ocurre en una relación es apego
Conocernos en nuestros patrones de apego puede ayudarnos a comprender por qué determinadas situaciones nos afectan tanto. Sin embargo, también podemos cometer el error de empezar a explicarlo todo desde nuestras vivencias infantiles… Y no todo es apego.
Sentir inseguridad en una relación no significa obligatoriamente que tengas un apego ansioso. Quizá tu pareja te envía mensajes contradictorios, no respeta los acuerdos que habéis establecido o cambia de actitud constantemente, hasta el punto de que ya no sabes qué puedes esperar de ella.
Necesitar claridad cuando alguien se comporta de manera confusa no es lo mismo que necesitar que te confirme continuamente que te quiere, del mismo modo que disfrutar de tu independencia, querer conservar espacios propios o necesitar unas horas antes de continuar una conversación difícil significa que tengas un apego evitativo.
Por eso es importante distinguir entre lo que nuestra historia nos lleva a temer y lo que realmente está sucediendo en la relación.
Puede que determinadas experiencias del pasado hagan que una situación actual te afecte más de lo que esperabas, pero también puede ocurrir que estés viviendo una relación en la que existen motivos reales para sentirte inseguro.
Si tu pareja te miente repetidamente, incumple vuestros acuerdos, utiliza el silencio para castigarte, invade tu intimidad, intenta aislarte de otras personas o te descalifica, conocer su historia puede ayudarte a comprender algunos de sus comportamientos, pero no implica que tengas que aceptarlos.
Comprender no significa justificar
Puedes conocer las experiencias que llevaron a tu pareja a protegerse, alejarse, desconfiar o necesitar constantes muestras de afecto. Sin embargo, comprender por qué actúa de determinada manera, no significa que debas aceptar conductas que te hacen daño ni permanecer en una relación que no te hace bien.
Y lo mismo sucede contigo.
Tener miedo a que te abandonen no te da derecho a vigilar a tu pareja, comprobar sus conversaciones o decidir con quién puede relacionarse. Del mismo modo, sentirte incómodo cuando alguien necesita más cercanía no te exime de comunicar lo que te ocurre, en lugar de alejarte sin dar ninguna explicación.
Puedes comprender por qué reaccionas de una determinada manera, y al mismo tiempo hacerte responsable de lo que haces con aquello que sientes.
Por eso, antes de atribuir lo que te ocurre a una herida del pasado, merece la pena que te preguntes: ¿estoy reaccionando a algo que temo que suceda o a algo que realmente está ocurriendo en mi relación?
Esta pregunta puede ayudarte a distinguir entre tus propios temores y las situaciones que necesitan ser atendidas dentro de la pareja. Porque no se trata de culparte pensando que todo te afecta por tener un apego ansioso, ni de justificar las conductas del otro porque tiene un apego evitativo, sino de observar lo que está ocurriendo, reconocer que necesitas y decidir qué estás dispuesta a construir dentro de una relación y qué no.
Antes de poder recordar: Proyecto Sentido Gestacional
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Hasta ahora hemos explorado cómo tus primeras experiencias pueden influir en la manera en que te relacionas, pero hay una etapa anterior que también es interesante conocer: aquella en la que tus padres esperaban tu llegada y comenzaban a imaginar cómo sería su vida contigo.
Desde la mirada del Proyecto Sentido Gestacional, la pregunta es: ¿qué estaba ocurriendo en la vida de tus padres cuando llegaste?
No es que en el embarazo esté la causa de tus dificultades afectivas o pensar que lo que vivió tu madre durante la gestación determinó a pies juntillas tu manera de relacionarte. Consiste en conocer mejor las circunstancias familiares que rodearon el comienzo de tu historia.
Quizá llegaste después de una pérdida, en medio de una crisis de pareja, durante un duelo, una enfermedad o una etapa de dificultades económicas. Puede que fueras un hijo muy esperado, que tu llegada resultara inesperada o que tus padres estuvieran atravesando un momento en el que ni siquiera tenían claro si querían continuar juntos.
El lugar que parecía esperarte
También podemos explorar qué expectativas tenían tus padres antes de que nacieras.
Tal vez esperaban que tu llegada ayudara a unir a la pareja, devolviera la ilusión después de una pérdida o acompañara a una madre que se sentía sola. Quizá existía una esperanza muy fuerte de tener un niño o una niña, o determinados deseos sobre cómo sería ese hijo y qué lugar ocuparía en la familia.
Y repito, no significa que esas expectativas hayan determinado quién eres ni cómo te relacionas hoy, pero conocerlas puede ayudarte a formular ciertas preguntas que quizá nunca te habías planteado:
- ¿Qué significó mi llegada para mis padres?
- ¿Qué estaba viviendo mi familia en aquel momento?
- ¿Qué esperaban de mí, incluso antes de conocerme?
- ¿Tenían miedo a perderme, una necesidad muy grande de protegerme o expectativas sobre quién debía llegar a ser?
Al reconstruir nuestra historia familiar, a veces encontramos ciertas semejanzas entre aquellas expectativas y el papel que hemos ido asumiendo en nuestras relaciones. Por ejemplo, quizá reconoces que desde pequeño has intentado mantener unida a tu familia, evitar que alguien se preocupe, estar siempre disponible o sentirte responsable del bienestar de los demás.
Eso no quiere decir que nacieras destinado a cumplir una función ni que esas expectativas expliquen por sí solas tu manera de relacionarte; quiere decir que llegaste a una familia que ya tenía una historia, unas necesidades y unas maneras de vivir los vínculos.
Transgeneracional: lo que tu familia aprendió acerca de amar y perder
Cada familia tiene su propia historia de relaciones.
Tal vez en la tuya hubo parejas que permanecieron juntas toda la vida, separaciones dolorosas, amores ocultos, abandonos, infidelidades, viudeces tempranas o hijos que crecieron lejos de sus padres. Tal vez hubo migraciones que obligaron a separarse, pérdidas de las que apenas se habló o personas que aprendieron a no mostrar sus sentimientos para poder seguir adelante.
Conocer estas historias puede ayudarte a comprender qué ideas sobre el amor, la confianza, la dependencia o la separación has podido aprender dentro de tu propia familia.
Ten en cuenta que no todo lo aprendemos a través de lo que nos dicen. También observamos cómo se relacionan los adultos, quién toma las decisiones, quién cede, quién cuida siempre de los demás, quién puede marcharse y quién parece tener la obligación de quedarse… y prestamos atención tanto a las historias que se cuentan como a aquellas de las que nadie habla.
A veces, incluso, determinadas frases que hemos escuchado desde pequeños nos muestran cómo se entendían las relaciones en nuestra familia:
- «No te fíes nunca de nadie».
- «Los hombres siempre terminan marchándose».
- «Una madre tiene que sacrificarse por sus hijos».
- «Los problemas de pareja se quedan en casa».
- «Es mejor estar sola que depender de alguien».
- «Por la familia se hace todo lo que haga falta».
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Puede que nunca hayas vivido las experiencias que llevaron a tus padres, abuelos u otros familiares a pensar de esa manera. Sin embargo, has podido crecer escuchando esas ideas y no ser consciente de cómo han llegado a influir en tus decisiones.
Lo que aprendimos sobre el amor sin que nadie nos lo enseñara
Por eso, cuando exploramos nuestra historia transgeneracional, no solo nos interesan los nombres, las fechas o los acontecimientos. También podemos preguntarnos cómo vivieron sus relaciones las personas que nos precedieron.
- ¿Quién pudo elegir libremente a quién amar?
- ¿Hubo alguien que tuviera que renunciar a una relación importante?
- ¿Quién esperó durante años a alguien que se había marchado?
- ¿Se produjo alguna situación de abandono?
- ¿Quién permaneció en una relación a pesar de sentirse profundamente infeliz?
- ¿Alguna pérdida hizo que alguien dejara de confiar?
- ¿Quién asumió la responsabilidad de cuidar de todos?
- ¿De quién se dejó de hablar dentro de la familia?
No es que tengas que buscar en estas historias una explicación para cada dificultad que experimentas hoy ni pensar que estás destinado a repetir la vida de tus antepasados, sino de conocer mejor el ambiente familiar en el que creciste y las ideas sobre las relaciones que llegaron hasta ti.
Quizá entonces puedas reconocer algunas creencias que llevas mucho tiempo considerando tuyas, como que…
- una relación debe mantenerse pase lo que pase.
- confiar demasiado puede hacerte daño.
- necesitar a alguien significa perder independencia.
- amar implica anteponer siempre las necesidades del otro a las tuyas.
- separarse significa haber fracasado.
Porque puedes comprender de dónde proceden algunas de esas creencias sin tener que seguir viviendo de acuerdo con ellas.
Conocer la historia de tu familia no tiene nada que ver con rechazarla o dejar de valorar lo que has recibido de ella. Conocerla te invita a mirar con mayor libertad aquello que aprendiste y preguntarte si sigue teniendo sentido para ti:
Esto ocurrió antes que yo, esto lo aprendí, esto quizá me ayudó a sentirme querido… pero hoy puedo preguntarme si sigue siendo la manera en que quiero relacionarme.
Pertenecer a una historia no nos obliga a repetirla.
De la necesidad al control: aprender a distinguirlos
Todos tenemos necesidades dentro de una relación, necesitamos afecto, respeto, comunicación, intimidad, confianza, libertad, compromiso, tiempo compartido y también espacio propio.
Y no hay nada malo en necesitar estas cosas, tener necesidades no significa que seas dependiente, del mismo modo que expresarlas no significa que estés exigiendo demasiado. La dificultad aparece cuando, por miedo a no recibir aquello que necesitas, empiezas a intentar controlar lo que hace la otra persona.
- Quizá necesitas sentirte seguro y terminas revisando su teléfono.
- Quieres tener una buena comunicación, pero te cuesta aceptar que no pueda responderte inmediatamente.
- Necesitas confiar y acabas intentando decidir con quién puede relacionarse.
- O necesitas espacio y te alejas sin explicar qué te ocurre.
Lo que necesitas puede ser perfectamente legítimo, pero la manera en que intentas conseguirlo puede terminar haciendo daño a la relación.
Necesidad, petición, acuerdo y límite no son lo mismo
La necesidad habla de ti: necesito sentir que puedo confiar en esta relación.
Una petición se dirige al otro: me gustaría que pudiéramos hablar de lo que ha ocurrido.
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Un acuerdo es algo que construís entre los dos: decidís qué significa para vosotros la fidelidad, qué comportamientos consideráis aceptables o cómo vais a actuar cuando alguno necesite espacio después de una discusión.
Y un límite tiene que ver con tus propias decisiones: qué estás dispuesto a aceptar y qué harás si algo que consideras esencial para continuar en la relación no se respeta.
Porque poner un límite no significa obligar al otro a cambiar. Puedes expresar lo que necesitas, pedirlo, hablar de ello y llegar a acuerdos, pero la otra persona también tiene derecho a decidir qué quiere y qué puede ofrecer dentro de la relación. Y tú tienes el mismo derecho.
Por eso, sentirte seguro con alguien no consiste en conseguir que siempre actúe como tú necesitas, sino en poder hablar de lo que es importante para ambos, respetar los acuerdos y reconocer cuándo vuestras necesidades pueden encontrar un punto de encuentro y cuándo no.
Y entonces, en lugar de preguntarte únicamente: «¿Qué necesito que haga mi pareja para poder estar bien?»
Puedes empezar a preguntarte: «¿Qué puedo hacer yo con lo que necesito, incluso cuando mi pareja no puede o no quiere ofrecérmelo?»
Porque comprender lo que necesitas también implica reconocer qué decisiones están en tus manos, sin intentar tomarlas por la otra persona.
¿Podemos cambiar nuestra manera de vincularnos?
Comprender cómo nos relacionamos sirve de poco si terminamos utilizando esa comprensión para decirnos: «yo soy así».
Los patrones de apego no son una sentencia.
Podemos haber pasado muchos años reaccionando de una determinada manera, y aun así aprender otras formas de afrontar la cercanía, la distancia, los conflictos o la incertidumbre.
Esto no significa que aquello que antes nos afectaba deje de hacerlo de un día para otro: quizá el silencio siga incomodándonos, una discusión despierte el mismo miedo a perder a alguien, mostrar lo que necesitamos continúe haciéndonos sentir vulnerables, o sigamos teniendo el impulso de resolver inmediatamente una situación, alejarnos o buscar una confirmación.
El cambio empieza cuando aquello que sentimos deja de llevarnos inevitablemente a reaccionar como siempre.
Podemos reconocer el miedo sin necesitar una respuesta inmediata, darnos cuenta de que necesitamos espacio y comunicarlo, sentir celos sin convertirlos en vigilancia, o necesitar afecto y pedirlo sin hacer depender nuestro valor de la respuesta que recibamos.
La emoción puede seguir apareciendo… lo que empieza a cambiar es lo que hacemos con ella.
Y así, poco a poco, descubrimos que podemos responder de maneras diferentes ante situaciones que antes parecían dejarnos una sola opción.
La seguridad también puede aprenderse
A este proceso se le denomina seguridad adquirida. Se refiere a la posibilidad de desarrollar una manera de vincularnos más segura, aunque nuestras primeras relaciones no siempre nos proporcionaran esa experiencia.
Esa seguridad no se construye únicamente comprendiendo el pasado. También necesitamos vivir experiencias diferentes, en las que podamos:
- Expresar lo que sentimos en una relación sin miedo a ser ridiculizados.
- Resolver un desacuerdo sin pensar que la relación está a punto de terminar.
- Sentirnos escuchados, aunque la respuesta no sea siempre la que esperamos.
- Expresar un límite sin utilizarlo como amenaza o castigo.
Pero también podemos aprender a ofrecernos eso que antes buscábamos exclusivamente en los demás: acompañarnos cuando algo nos inquieta, reconocer que necesitamos, permitirnos sentir una emoción sin tener que resolver inmediatamente aquello que la provoca, pedir ayuda cuando la necesitamos, decir que no sin sentir que estamos haciendo algo malo, y también reconocer cuándo merece la pena seguir construyendo una relación y cuándo permanecer en ella significa renunciar a algo importante para nosotros.
Porque desarrollar una mayor seguridad no significa dejar de necesitar a los demás, ni tampoco consiste en convertirnos en personas que nunca sienten miedo, celos, tristeza o inseguridad. Significa aprender que podemos sentir todo eso sin que nuestras antiguas formas de protegernos sigan decidiendo siempre cómo nos relacionamos.
Una relación segura no es una relación en la que nunca discutís, os enfadáis o tenéis dificultades. Podéis quereros profundamente y no estar de acuerdo, necesitar cosas diferentes, pasar por momentos en los que os sentís más distantes o equivocaros y haceros daño sin haberlo querido.
Lo importante no es que todo vaya siempre bien, sino cómo os tratáis cuando las cosas se complican y qué sois capaces de hacer para resolverlas.
Aprender a diferenciar lo que sentimos, lo que interpretamos y lo que sabemos
Imagina que tu pareja lleva unos días más distante de lo habitual. Empiezas a sentirte inquieto y piensas que está perdiendo el interés, o puede que te sientas agobiado porque necesita hablar contigo y llegues a la conclusión de que te está exigiendo demasiado.
En ambos casos, lo que sientes es real. Pero eso no significa que la explicación que has encontrado sea necesariamente la correcta. Por eso, antes de reaccionar, puede ayudarte hacerte tres preguntas:
- ¿Qué estoy sintiendo?
- ¿Qué estoy pensando que significa lo que ha ocurrido?
- Y, ¿qué sé realmente de esta situación?
No se trata de desconfiar de lo que sientes ni de restar importancia a tus emociones; se trata de reconocerlas sin dar por hecho que tu primera interpretación es la única posible.
A veces descubrirás que estabas anticipando algo que todavía no había ocurrido. Otras, que tu preocupación tenía motivos reales. Lo importante, en ambos casos, es que distinguir lo que sientes de lo que sabes te ayudará a comprender mejor la situación, y te proporcionará mayor coherencia en tus decisiones.
Hablar desde lo que necesitamos, no desde lo que imaginamos del otro
Piensa ahora en alguna discusión en la que hayas escuchado o pronunciado frases como estas:
- «Ya no te importo».
- «Solo piensas en ti».
- «Quieres controlarme».
Quizá detrás de esas palabras había miedo, tristeza, frustración o una necesidad que no estabas sabiendo expresar. Sin embargo, cuando le dices a tu pareja lo que crees que siente o cuáles son sus intenciones, es fácil que termine defendiéndose de esa acusación en lugar de escuchar lo que intentas comunicarle.
- No es lo mismo decir «ya no te importo» que «últimamente te noto más distante y me preocupa que algo esté cambiando entre nosotros».
- Tampoco es lo mismo decir «solo piensas en ti» que «me gustaría que tuvieras en cuenta cómo me afecta esta situación».
En el segundo caso no estás dando por hecho lo que el otro piensa o siente: le estás contando lo que te ocurre y dejando espacio para conocer también su experiencia. Y aunque eso no garantiza que vayáis a estar de acuerdo, puede ayudaros a mantener una conversación en la que ambos tengáis la oportunidad de escucharos.
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Permitir que el otro sea diferente
Por mucho que quieras a tu pareja, habrá cosas que no viváis de la misma manera.
Quizá tú disfrutas compartiendo gran parte de tu tiempo libre y tu pareja necesita dedicar algunas horas a sus propios intereses. Puede que a uno le resulte fácil expresar cariño con palabras y al otro le salga hacerlo mediante pequeños gestos cotidianos.
Esas diferencias no significan necesariamente que uno quiera más que el otro, y tampoco se trata de aceptar cualquier diferencia sin hablar de cómo os afecta.
Puede que para ti sea importante compartir determinados momentos y que tu pareja prefiera organizar su tiempo de otra manera. Ninguna de esas necesidades tiene por qué ser incorrecta, pero sí necesitáis descubrir si podéis llegar a acuerdos que os permitan sentiros bien a los dos.
Respetar las diferencias no significa que siempre tenga que adaptarse la misma persona.
Una relación en la que uno renuncia continuamente a lo que necesita para evitar conflictos puede parecer tranquila durante un tiempo, pero esa tranquilidad no siempre representa que ambos estén bien.
Aprender a reparar
Por mucho que nos esforcemos, habrá momentos en los que no sepamos responder como nos gustaría.
Quizá digas algo hiriente durante una discusión, te cierres cuando tu pareja necesita hablar o reacciones con más dureza de la que pretendías. Y puede que después, cuando las cosas se tranquilicen, te des cuenta de que no era así como querías actuar.
¿Qué haces entonces? Puedes intentar justificarte, restarle importancia a lo sucedido o esperar a que el tiempo haga que ambos dejéis de hablar del asunto… o puedes acercarte y reconocer tu parte.
- «Antes te he hablado mal, estaba enfadado, pero eso no justifica cómo te he tratado», o
- «Sé que me he cerrado cuando intentabas explicarme lo que sentías. Me cuesta hablar en esos momentos, pero entiendo que te hayas sentido sola».
Reparar implica poder escuchar cómo ha vivido el otro lo ocurrido, reconocer el daño cuando lo ha habido y estar dispuesto a hacer algo diferente la próxima vez. Y no siempre basta con pedir perdón: si una misma conducta se repite continuamente, también es necesario que ese reconocimiento vaya acompañado de cambios.
La confianza no se fortalece porque nunca nos equivoquemos, sino también porque podemos reconocer nuestros errores y responsabilizarnos de ellos.
Seguir teniendo una vida propia
Cuando una relación se vuelve importante, es natural que quieras compartir tiempo, proyectos y experiencias con esa persona. Y tal vez alguna vez te ha pasado que, casi sin proponértelo, has ido dejando de lado cosas que antes formaban parte de tu vida: ves menos a tus amigos, dedicas menos tiempo a tus intereses o empiezas a tomar decisiones pensando únicamente en cómo afectarán a tu pareja.
Compartir una vida no significa que tengáis que hacerlo todo juntos.
Puedes disfrutar de tu relación y seguir cultivando tus amistades, tus aficiones, tus proyectos y esos momentos en los que simplemente te apetece estar contigo mismo. Y también puedes respetar que tu pareja necesite lo mismo.
No se trata de mantener una distancia para protegerte del compromiso, sino de comprender que querer compartir tu vida con alguien no implica tener que renunciar a todo aquello que también forma parte de ti.
Reconocer cuándo amar no es suficiente
Hay algo que puede resultar especialmente difícil cuando quieres profundamente a alguien: aceptar que el amor, por sí solo, no siempre es suficiente para construir la relación que deseas.
Puede que conozcas su historia, comprendas sus dificultades y sepas por qué determinadas situaciones le hacen reaccionar como lo hace. Incluso puede que hayas compartido momentos muy valiosos y sigas teniendo la esperanza de que las cosas cambien.
Pero también necesitas mirar cómo es vuestra relación hoy.
- ¿Podéis hablar de lo que os preocupa?
- ¿Existe una disposición real por parte de ambos para resolver las dificultades?
- ¿Se respetan los acuerdos que establecéis?
- ¿Puedes expresar lo que necesitas sin sentir que siempre tienes que renunciar a ello para conservar la relación?
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Estas preguntas no son para que tomes una decisión precipitada. Te invitan a observar si aquello que deseáis construir tiene cabida en la relación que realmente estáis viviendo, porque puedes querer mucho a alguien y descubrir que no podéis ofreceros mutuamente lo que necesitáis.
Y reconocerlo puede doler, especialmente cuando has dedicado tanto tiempo y esfuerzo a intentar que las cosas funcionen.
A veces será posible encontrar una manera diferente de relacionaros. Otras, tendrás que aceptar que seguir intentándolo no está cambiando aquello que os hace daño.
Y quizá una de las decisiones más difíciles sea dejar de luchar para conseguir que una relación te ofrezca aquello que, una y otra vez, te está mostrando que no puede darte.
Una pausa para observar cómo te vinculas
Después de todo lo que hemos explorado, quizá sea un buen momento para dejar a un lado las explicaciones y prestar atención a cómo te sientes y reaccionas en tus propias relaciones.
Te propongo hacer una pequeña pausa.
Piensa en alguna situación reciente con tu pareja o con alguien importante para ti en la que hayas sentido inseguridad, miedo a perder el vínculo, necesidad de acercarte o ganas de alejarte.
No hace falta que recuerdes una experiencia especialmente dolorosa, basta con una situación cotidiana que todavía tengas presente.
En este audio voy a acompañarte durante unos minutos para que puedas observar lo que ocurrió, reconocer qué necesitabas en aquel momento y descubrir si hoy podrías responder de una manera diferente.
Antes de reaccionar, escucha lo que está ocurriendo
Reflexiones
Tu historia explica muchas cosas. No tiene que decidirlas todas.
Después de leer este artículo quizá hayas reconocido algunas de tus maneras de acercarte, protegerte o tomar distancia en tus relaciones. Puede que ahora comprendas mejor ciertas reacciones a las que antes te costaba encontrarles explicación, o que puedas mirar con más comprensión aquello que durante tanto tiempo te has reprochado.
No puedes cambiar lo que viviste en tu infancia, las ausencias que te dolieron o las experiencias que te hicieron desconfiar, protegerte o sentir miedo a perder a alguien. Pero hoy puedes empezar a preguntarte si algunas de las formas en que aprendiste a relacionarte siguen siendo las que necesitas y te hacen bien.
Quizá durante mucho tiempo has estado tan pendiente de conservar una relación que apenas te has preguntado cómo te sentías tú dentro de ella, y puede que ahora empieces a mirar tus relaciones desde otro lugar.
No solo preguntándote cuánto quieres a alguien o cuánto te quiere esa persona, sino cómo te sientes a su lado, qué puedes expresar, qué necesitas callar y cuánta libertad tienes para seguir siendo tú. Y entonces preguntarte: ¿puedo estar contigo sin tener que alejarme de mí?
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Comprender por qué amas como amas no cambia lo que has vivido, pero te ayuda a decidir cómo quieres amar de ahora en adelante.




