¿Hasta cuándo vas sostener el silencio del abuso?
«¿Qué entendemos por abuso?»
El viaje de regreso a tu historia para sanar lo que aún duele en tu cuerpo, tu alma y tus relaciones.
Cuando hablamos de abuso, muchas personas piensan únicamente en situaciones extremas o explícitas. Por supuesto no es así, porque el abuso no siempre grita. A veces pasa de puntillas… inadvertido… se normaliza… se esconde.
Además del abuso sexual, abuso también es:
- .Haber crecido sin contacto afectivo, sin ternura.
- ,Haber sido ignorada emocionalmente.
- .Que no validaran tus emociones ni tu dolor.
- ,Que usaran el miedo o la culpa para controlar tus decisiones.
- .Que cruzaran tus límites sin consentimiento, físico o emocional.
- ,Que te ridiculizaran o avergonzaran.
- .Que te obligaran a complacer para ser aceptada.
- .Que sintieras que «el amor» dolía.
El abuso no es solo lo que te hicieron, sino lo que te faltó y necesitaste, y no te dieron. Y aunque en este artículo utilizo el género femenino para dirigirme a ti, date por incluido siendo varón, puesto que sin duda alguna aquel pequeño resintió de igual forma el mismo dolor.
Cuando lo nombras, te liberas
“Lo que me pasó no fue tan grave”… ¿segura?
La mayoría de las personas que recuerdan haber vivido abusos, no los nombran como tal. En mis acompañamientos he oído cosas como: «bueno, no fue para tanto”, «otros lo han pasado mucho peor», «seguro que fue culpa mía», o «no quiero remover el pasado, prefiero dejarlo como está».
Son frases que expresan mucho dolor, y hay que aprender a leer entre líneas. No creas que negando o disfrazando lo que sucedió en algún momento enterrarás su recuerdo, ni la frustración, el miedo, la soledad, la confusión, el asco… con el que aquella niña o aquel niño lo vivió.
De hecho, una de las consecuencias más profundas y devastadoras del abuso en la infancia es el autoengaño inconsciente al que nos sometemos para poder sobrevivir. Minimizar lo vivido, negarlo, justificarlo… son mecanismos de protección que, dada nuestra corta edad, usamos por no tener recursos emocionales para sostener tanto dolor.
Porque si admitíamos que quienes debían cuidarnos nos hicieron daño… ¿cómo hubiéramos podido sobrevivir a eso?
Así nace el silencio.
El silencio como estrategia de supervivencia
En la infancia no tenías herramientas para comprender lo que pasaba ni poner palabras a lo que sentías, como tampoco los medios para protegerte de las experiencias que viviste. Y lamentablemente, en numerosas ocasiones, las personas que debían cuidarte fueron quienes más te hirieron.
¿Cómo asumir eso siendo tan pequeña?
¿Qué poso de angustia, miedo, pesar… deja en el alma?
No podías, y no podías no por no ser suficiente ni por ser mala… sino porque eras una niña. Así que tu mente, tu cuerpo, tu alma… buscaron una salida: el silencio. Y así fue construyéndose una identidad ficticia, una máscara que capturó y cubrió tu verdadera esencia, dando lugar al arquetipo que conocemos como niña herida.
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Ese silencio fue adaptativo, fue tu mecanismo de protección. Te ayudó a sobrevivir. Pero el precio fue alto, porque lo que no se expresa sí o sí emerge, y lo hará en cada experiencia de vida, y lo hará en tu cuerpo. Y lo que no se mira… la vida lo repite hasta que recompongas esos pedacitos de ti que quedaron rotos, sin aliento.
¿Cómo se manifiesta el abuso en la vida adulta?
Como ves, los abusos en la infancia dejan profundas marcas que van más allá de lo evidente. Sus cicatrices se alojan en el cuerpo, en la psique y en el alma. Aunque los años pasen, si esas heridas no se sanan, sus efectos se filtran en la vida adulta, en las relaciones, en el cuerpo y en la forma de interpretar las experiencias que te proponga la vida a fin de poner fin a aquel terrible sufrimiento.
En tu cuerpo:
Los abusos no solo generan trauma psicológico, sino que se convierten en programas inconscientes que afectan la biología, la percepción y la manera de vincularnos.
Gracias a los estudios del dr. Ryke G. Hamer, creador de la Nueva Medicina Germánica (NMG), sabemos que todo impacto emocional intenso deja una huella en el cerebro y en los órganos. Los abusos son uno de esos impactos profundos que alteran el equilibrio interior y pueden desencadenar bloqueos, síntomas o enfermedades.
Sólo te expongo algunas de las sintomatologías relacionadas con la manifestación del abuso en la vida adulta. En realidad todo el cuerpo habla cada vez que nos vemos expuestas a la misma adversidad; ten en cuenta que la enfermedad es la respuesta, no el problema, es la fase de reparación a la situación de dificultad que has estado viviendo.
- Miedos irracionales, fobias o ansiedad.
- Tensión muscular.
- Insomnio o pesadillas.
- Dolores inexplicables.
- Opresión en el pecho o la garganta.
En tus emociones:
En la manifestación del abuso en las emociones se encuentra el sentido biológico de sus secuelas, puesto que el organismo, desde su lógica biológica, siempre busca proteger. Ante una vivencia traumática como un abuso, especialmente en la infancia, se activan mecanismos de defensa que, aunque en su momento fueron útiles para sobrevivir, en la vida adulta se transforman en bloqueos. A saber:
Estos mecanismos pueden manifestarse como:
- Dificultad para confiar en ti misma.
- Desconexión emocional o corporal.
- Culpa por sentir o desear.
- Autoexigencia extrema.
- Hipervigilancia y necesidad de control.
- Miedo a fallar, a molestar, a no ser suficiente.
- Problemas de autoestima y autoaceptación.
Una vez quedó grabada la información de peligro, se activan respuestas inconscientes para evitar que «algo similar» vuelva a ocurrir.
En tus relaciones:
- Vínculos que repiten el abuso o el abandono.
- Dificultad para confiar o crear vínculos sanos.
- Miedo a ser vista o rechazada.
- Necesidad de agradar o complacer.
- Incapacidad de poner límites sanos.
- Culpa por sentir o desear.
- Autoexigencia extrema.
- Dificultad para confiar en ti misma.
En tu propósito:
- Sensación de vacío interior.
- Miedo al éxito o al fracaso.
- Miedo a exponerte ante terceros.
- Bloqueos para emprender.
- Desconexión con tu deseo o potencial.
El cuerpo guarda lo que la mente intenta olvidar
El trauma de un abuso que no ha sido integrado y trascendido, dormita en las capas profundas del inconsciente. Y cuando algo en tu presente lo activa -una palabra, una situación, una emoción parecida-, tu cuerpo reacciona como si ese momento volviera a ocurrir.
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Da igual que ahora tengas 40, 50 o 60 años… si no lo atendiste, si no acudiste a dar protección, confianza y seguridad a la niña que lo sufrió, tu sistema nervioso continuará estando en alerta.
El cuerpo es el recordatorio que tu alma escogió para que puedas sanar.
Es la particular manera que utiliza la vida para recordarte que eres importante, que tu estabilidad y bienestar emocional necesitan de tu presencia para desenmascarar al personaje que tuvo que abrirse paso para que tú crecieras. Agradécele por haberte ayudado a llegar adonde ahora te encuentras, y después… déjalo ir. Toma el timón de tu vida.
Las máscaras que aprendiste a llevar
Para sobrevivir al abuso, desarrollaste estrategias inconscientes:
- La fuerte: «yo puedo con todo, no necesito a nadie«.
- La complaciente: «si soy buena, me van a querer«.
- La invisible: «mejor que no me vean«.
- La hipervigilante: «tengo que estar siempre alerta«.
- La salvadora: «si cuido de los demás, tal vez así me quieran«.
- La perfeccionista: «si no cometo errores, nadie podrá hacerme daño«.
- La racional: «si no siento, no duele«.
- La rebelde: «no necesito a nadie, me las arreglo sola«.
Estas máscaras tienen raíces profundas en las cinco heridas de la infancia(1): rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia. Cada una nace como protección al dolor, pero termina alejándonos de nuestra esencia, desconectándonos de lo que realmente somos.
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(1) En breve redactaré un artículo sobre las cinco heridas de la infancia.
El impacto transgeneracional
El abuso ni es un hecho aislado, ni empieza contigo. Su huella no solo es de quien lo vive, sino que activa memorias y programas de todo el árbol familiar, es decir, el abuso que vives es la materialización presente de acontecimientos dolorosos que viajan atravesando generaciones.
Tu historia emocional forma parte de un legado más antiguo, de un árbol donde también hubo silencios, culpas, abusos, traumas y secretos.
Al explorar el transgeneracional de las consultantes que sufrieron abusos en su infancia, a las que he tenido el honor de acompañar, descubrimos por ejemplo que:
- Su abuela también fue abusada.
- Hubo hijos ilegítimos, fruto e violaciones.
- Su padre nunca habló de lo que le ocurrió en el internado.
- Su madre fue criada por unos parientes, sin ningún tipo de cariño ni afecto.
- Su abuelo creció a base de miedo y castigo.
- Las mujeres fueron sometidas y maltratadas.
- La sexualidad fue reprendida y vivida con culpa y vergüenza.
- Se silenció, negó o normalizó el abuso.
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Sin saberlo, repites. Por amor ciego sostienes lo que no te corresponde, o por no «romper el sistema», o por lealtad inconsciente al clan, y la necesidad biológica de «ser parte de tu manada»… y te ves envuelta en experiencias que contienen el mismo dolor que aquellos que lo sufrieron, para que tú ahora lo acojas con la comprensión y el respeto que merecen sus pesares, y el coraje con el que afrontaron sus dificultades.
Sanar tu linaje también es un pacto entre almas, es un acto de amor.
Así es, muchas veces no somos conscientes de hasta qué punto nuestras propias heridas son el eco de historias no resueltas de nuestros ancestros. Esas memorias emocionales quedan grabadas en el inconsciente familiar, condicionando nuestras decisiones, miedos y formas de relacionarnos, hasta que un miembro del árbol rompe con ese silencio y libera a los que, aun teniendo el corazón roto, callaron por miedo.
¿Cuál es tu personaje?
- Si no pudiste escapar, tu sistema quedó en modo huida, quizá manteniendo una excesiva delgadez.
- Si no pudiste gritar, tu garganta se bloqueó y sueles padecer de disfonía o afonía.
- Si no pudiste defenderte, tal vez tu cuerpo aumentó el nivel de grasa corporal.
- Si aprendiste a callar para evitar conflictos, tu mandíbula puede doler, quedar contraída y presentar bruxismo.
- Si fuiste constantemente invalidada, puede que tengas síntomas estomacales.
- Si no te dieron tu lugar, quizá sufras de hemorroides.
- Si te sentiste avergonzada, tu piel puede desarrollar fácilmente lunares y/o verrugas.
- Si creciste sin sentirte vista, tal vez sueles padecer de anemia.
- Si no te sentiste abrazada, contenida, tu piel podría afectarse con dermatitis.
- Si creciste entre discusiones y gritos, tus oídos se cerraron.
Podría continuar indicándote el mensaje del 100% de los síntomas y dolencias; como puedes observar, nuestro cuerpo es un perfecto mapa que nos muestra nuestras heridas emocionales, nuestras carencias y sobreexposiciones no sanadas.
Cuando nos olvidamos de nosotras mismas, cuando damos más valor a la opinión de los otros, cuando una y otra vez se repite esa situación que tanto nos angustia, preocupa, inquieta… nuestro cuerpo nos recordará que ese no es el camino. Deja de procrastinar, deja de esperar a que lo de afuera cambie… ahora, todavía, no es tarde.
La solución no es silenciar los síntomas, sino escuchar el mensaje.
¿Y si lo que sientes hoy tiene sentido?
La ansiedad, el miedo a las relaciones, la hipervigilancia constante, el malestar físico… son señales de que tu historia necesita ser escuchada. Ninguna de las circunstancias que vives, y ni una sola de las personas que están en tu vida, lo están porque sí…¡están ahí para que despiertes, y te responsabilices de tu vida aquí y ahora!
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Si me preguntaras: ¿es posible vivir con bienestar?, ¿puedo ayudar a que mi cuerpo sane, que mis relaciones mejoren? Sí, por supuesto, sanando tu mente, desbloqueando tu sistema de creencias y aportando luz a las sensaciones y emociones que hoy todavía duelen. No sólo tienes el derecho a hacerlo, sino el deber de vivir la vida que mereces.
Sanar no significa olvidar lo que pasó, ni revivir el abuso. Sanar es aprender a mirarlo con otros ojos, recordar sin que duela y transformarlo. Es darle un lugar, resignificarlo, y recuperar tu voz, tu cuerpo, tu derecho a SER tú. Es reunir con amor tus partes rotas. Ten en cuenta que quieras o no, te guste o no, el abuso forma parte de ti… porque es parte de tu historia.
Tratado en consulta: Cris
Cris llega a consulta con una sensación constante de tensión interna. No sabe decir exactamente qué le pasa, solo que vive cansada, en alerta, con dificultad para relajarse incluso cuando “todo está bien”.
No recuerda episodios claros de abuso. Me comenta que su infancia fue “normal”…. pero cuando mencionamos los límites, su cuerpo se contrae y aparece la culpa, y siente ansiedad si hablamos de descanso.
En su historia hay silencios, muchos silencios. Recuerda a una madre desbordada emocionalmente, a un padre distante, y grandes esfuerzos para intentar no molestar. Cris aprendió pronto que incomodaba cada vez que expresaba su sentir… y su cuerpo se adaptó a mantenerse alerta para no sentirse rechazada.
Ahora Cris ha aprendido a darse el amor y la seguridad que siendo niña necesitó y no obtuvo.
Reflexiones
Aquel mal gesto (u horroroso gesto, según los casos) que recibiste, y la ausencia y desprotección de quien amabas dejó su huella. Y la huella que se imprimió en la infancia no se borra, aunque intentes esconderla, reprimirla o normalizarla.
Como has visto, no importa cuán profunda esté esta huella, ni que tu memoria haya querido obviarla como si aquello nunca hubiera pasado, porque tarde o temprano, sin previo aviso, se vuelve a manifestar en tu vida.
Ahora ya no hay nadie que invada tu integridad, a nos ser que tú lo permitas. Ahora puedes dejar de buscar ese cuidado, escucha, sostén, amor que no te dieron allá afuera, y procurártelo tú a ti misma. Yo estuve en tu mismo lugar, y te aseguro que se puede, y que la vida cambia, y que tu mundo se transforma cuando tú lo haces posible.
¿Por dónde empiezo?
Empieza por reconocer que lo que viviste sí fue importante.
Que no hay abusos pequeños.
Que si dolió… fue real.
Y que si aún duele… es porque necesita ser mirado.
Empieza por ponerle nombre al abuso, y sobre todo, ponle amor, mucho amor.
Por darte permiso para dejar de cargar un pasado que tan solo está en tu mente.
Por validar tu dolor sin etiquetas ni juicio.
Por reconocer que el abuso no define quién eres… pero sí puede haber moldeado la forma en que te relacionas contigo y con el mundo.
Y empieza, también, por dejarte acompañar.
Y si te sientes reflejada, entonces este es tu momento.
No tienes por qué hacer este viaje sola.
Repítete este mantra: «Soy Inocente».




