Juanetes: Conflicto biológico y Resentir emocional

Descubre el significado emocional de los juanetes (Hallux Valgus), su origen biológico y los conflictos y resentires relacionados con su aparición.

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«¿Qué tengo que hacer para que me quieran?»

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El juanete es una deformidad progresiva del dedo gordo del pie, conocida médicamente como hallux valgus. Sucede que este primer dedo comienza a desviarse hacia los demás dedos, mientras el primer metatarsiano se desplaza en sentido contrario, dando lugar a la prominencia característica que aparece en la parte interna del pie.

Desde la © Descodificación Biológica Integrativa (DBI), desarrollada en la Nueva Medicina Germánica (NMG), entendemos que un síntoma es la respuesta biológica que el organismo pone en marcha cuando una experiencia nos desborda y no hemos encontrado una manera de comprenderla, integrarla y recuperar la paz.

 Tu pie está expresando cómo, durante mucho tiempo, has estado adaptándote a situaciones que te incomodan y duelen, en lugar de tomar la decisión de seguir tu propia dirección.

Este artículo es una invitación a que amplíes tu mirada, observes tu cuerpo como una prolongación de tu forma de pensar y sentir, y surja una primera reflexión: ¿qué pudo estar intentando resolver tu cuerpo cuando comenzó a cambiar tu pie?

Yo te acompaño, porque la respuesta a esa pregunta será el hilo conductor de todo lo que vamos a explorar a continuación.

La biología del Hallux Valgus

Cuando avanzar deja de ser sencillo

¿Te has parado a observar la extraordinaria inteligencia con la que está diseñado el cuerpo humano? Cada hueso, cada articulación y cada músculo cumplen una función concreta dentro del inmenso equilibrio que hace posible el movimiento, y comprender esa función hace que el síntoma adquiera un sentido completamente diferente.

El juanete no aparece en cualquier parte del cuerpo: se desarrolla en el primer dedo del pie, una estructura aparentemente pequeña, que sin embargo desempeña un papel absolutamente esencial en nuestra forma de caminar… porque caminar no consiste únicamente en mover una pierna delante de la otra.

Caminar también significa desplazarnos hacia un lugar diferente, cambiar de posición / opinión, modificar nuestra relación con las personas de nuestro entorno, elegir una dirección, y desde el punto de vista biológico, todo ese movimiento depende, en gran medida, de la estabilidad que aporta el primer dedo del pie.

Cuando damos un paso, el peso del cuerpo se desplaza progresivamente hacia la parte anterior del pie, y en el último instante, justo antes de impulsarnos hacia delante, el dedo gordo actúa como un auténtico punto de apoyo; es decir, es el lugar desde el que el cuerpo genera la fuerza necesaria para abandonar el suelo sobre el que se encuentra y comenzar el siguiente paso: sin ese impulso final, caminar sería mucho más inestable e inseguro.

Por eso el hallux (el primer dedo) no solo sostiene peso, también hace posible el movimiento, hace posible avanzar, y hace posible hacerlo manteniendo el equilibrio.

Y aquí me surge una pregunta… ¿por qué, simbólicamente, nuestra biología ha elegido precisamente esa estructura para representar uno de los grandes movimientos de nuestra existencia?

La capacidad de impulsarnos hacia aquello que viene

Avanzar, entonces, nunca es únicamente un acto físico.

Desde el momento en que nacemos, la vida no deja de invitarnos a avanzar: avanzamos cuando dejamos de ser bebés, cuando comenzamos el colegio, cuando elegimos una profesión, cuando iniciamos una relación, cuando salimos de la casa familiar, cuando decidimos formar una familia, cuando ponemos un límite, cuando dejamos un trabajo, cuando nos atrevemos, por fin, a vivir de una manera diferente.

Toda la vida está hecha de pasos, y cada paso implica, inevitablemente, abandonar el lugar anterior. Es algo biológico, ningún ser vivo puede avanzar permaneciendo exactamente dónde estaba… y todo movimiento exige una separación, una renuncia, un cambio.

Por este motivo las decisiones pueden despertar tanta ambivalencia, porque una parte de nosotros sabe perfectamente cuál sería nuestro camino y desea profundamente avanzar, mientras otra teme aquello que puede perder si da ese paso. Y no me refiero solo al miedo al futuro, muchas veces es el miedo a dejar atrás una identidad, una pertenencia, un rol dentro de la familia, una forma de ser querido, una manera de sentirnos seguros.

Por tanto, el conflicto se establece en el propio movimiento. No es tanto «¿hacia dónde voy?», como «¿qué ocurrirá si realmente avanzo?»

Bueno, esto ya nos da una muy buena pista de cuál es el mensaje encriptado del hallux valgus, ¿no te parece? Vamos a desmenuzarlo un poquito más.

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Avanzar es peligroso

Con el paso del tiempo, el dedo deja de alinearse con la dirección natural del pie y comienza a desviarse hacia los demás dedos, modificando la forma en que se distribuyen las cargas y altera el punto de impulso durante la marcha. Desde una mirada integrativa, esta imagen resulta profundamente simbólica: ¿cómo vives tu capacidad de avanzar, sostener el rumbo y apoyarte en tus propias decisiones?

Y esta pregunta da lugar a otra más profunda: ¿en qué momento de tu vida comenzaste a sentir que seguir tu propio camino era más peligroso que desviarte de él?

Además, el hallux no actúa de manera aislada, forma parte de un pie completo. Y el pie, a su vez, necesita coordinarse con el resto del cuerpo para mantener el equilibrio… Del mismo modo, nuestras decisiones tampoco se producen aisladas.

Cada paso que damos repercute en nuestras relaciones, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestra identidad y en la imagen que tenemos de nosotros mismos. Por eso, cuando viene a consulta una persona con hallux valgus, me interesa que me cuente la historia de sus pasos:

  • ¿Qué pasos dio con ilusión?
  • ¿Qué otros por obligación?
  • ¿Cuáles retrasó durante años?
  • ¿Y cuáles todavía siente que no puede permitirse dar?

Porque, en innumerables ocasiones, el verdadero conflicto no consiste en no saber cuál es el camino, sino en sentir que avanzar tiene un precio demasiado alto.

Capa embrionaria y conflicto biológico

Los principales tejidos implicados en el hallux valgus derivan del mesodermo nuevo, capa embrionaria gobernada por la sustancia blanca cerebral y relacionada con los conflictos de desvalorización.

Y esta desvalorización no atañe tan solo a cómo te valoras como persona: sobre todo expresa el no sentirte capaz de desempeñar una función, responder como necesitas o sostener una situación de la manera que consideras adecuada, es decir, el conflicto no gira únicamente entorno a una desvalorización personal, sino a una desvalorización relacionada con la propia dirección vital.

Significa que puedes sentir, de forma consciente o inconsciente, que has perdido la capacidad de decidir libremente hacia dónde avanzar, que tus decisiones siempre dependen de otros o que caminar siguiendo tu propia dirección implica un peligro.

Y no se trata necesariamente de grandes acontecimientos, puesto que a menudo son conflictos sostenidos en silencio durante años, como elegir constantemente lo que otros esperan de ti antes que lo que realmente deseas, permanecer en una relación, un trabajo o un rol familiar porque marcharte despierta culpa, callarte una y otra vez para evitar el conflicto, posponer decisiones importantes esperando un momento que nunca termina de llegar, etc.

La biología acompaña tu historia personal

Cada cual ve la «realidad» de acuerdo a su historia de vida. Por eso basta con que tu sistema nervioso la viva como una amenaza importante, para que el organismo ponga en marcha un programa biológico de adaptación. Desde esta perspectiva, el cuerpo nunca actúa para castigarte, todo lo contrario, siempre intenta ayudarte a responder a una situación que interpreta como relevante para tu supervivencia.

Éste es uno de los principios fundamentales de la Nueva Medicina Germánica (NMG): todo programa biológico posee un sentido dentro de la lógica del organismo, aunque sus consecuencias puedan resultar dolorosas o limitantes.

En el hallux valgus esta desvalorización adquiere un matiz muy particular, puesto que no solo puede estar relacionada con la capacidad de sostenerte, sino también con la sensación de no poder ocupar plenamente el lugar que sientes como propio o de no poder avanzar del modo en que realmente necesitarías hacerlo.

Esto no significa que todas las personas con un juanete hayan vivido exactamente el mismo conflicto, ni que exista una única explicación para este síntoma, porque dos personas pueden compartir un mismo diagnóstico y, sin embargo, haber llegado hasta él recorriendo historias completamente diferentes.

En los siguientes apartados exploraremos cómo esa vivencia de desvalorización puede traducirse en conflictos emocionales concretos, y por qué no comienza en la edad adulta, sino mucho antes.

Fases del programa biológico

Desde la perspectiva de la Nueva Medicina Germánica (NMG), todo programa biológico atraviesa dos grandes fases: una fase de conflicto activo, en la que el organismo intenta adaptarse a una situación que percibe como estresante, y una fase de reparación, que comienza cuando dicho conflicto se resuelve, o al menos deja de vivirse con la misma intensidad.

Sin embargo, en el caso del juanete conviene comprender un aspecto importante: no es un conflicto puntual, sino de una vivencia que puede mantenerse durante años o reactivarse una y otra vez. Por lo tanto, no hablamos de un único acontecimiento desencadenante, sino de una forma de vivir prolongada en el tiempo: de tener que adaptarse constantemente, postergar decisiones propias, asumir responsabilidades por obligación o sentir que no es posible elegir un camino diferente.

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Fase activa

Durante esta primera etapa, te encuentras inmerso en una tensión interna que crees no poder resolver. Quizá sabes qué deseas hacer, pero no te permites dar ese paso, o tal vez estás durante años en una situación que, aunque ya no encaja contigo, sientes miedo, culpa o la sensación de que estarías fallando a alguien importante si te marchas.

Desde la lógica puramente biológica, tu cerebro organismo interpreta ese estado de estrés como una situación que requiere una adaptación. En este caso, como estamos viendo, la vivencia puede estar relacionada con la dificultad para sostener la propia dirección, mantener la estabilidad o avanzar del modo en que realmente necesitas.

Durante esta fase es frecuente que apenas existan molestias o síntomas físicos llamativos. El conflicto se vive principalmente en el plano emocional, mientras el organismo continúa desarrollando sus estrategias de adaptación.

Fase de reparación

Cuando la tensión disminuye, porque la situación cambia o porque encuentras una manera diferente de afrontarla, el organismo entra en fase de reparación.

Es entonces cuando aparecen con mayor intensidad algunos síntomas físicos, como inflamación, sensibilidad, aumento del dolor o una mayor percepción de la molestia. Desde esta mirada, estos cambios no se interpretan necesariamente como un empeoramiento, sino como parte del proceso mediante el cual el cuerpo reorganiza y repara los tejidos que han estado implicados durante la fase activa.

No obstante, en el hallux valgus es habitual que la reparación no sea completa ni lineal. Muchas personas avanzan y retroceden repetidamente entre ambas fases porque el conflicto vuelve a activarse una y otra vez. Deciden escucharse, pero aparece la culpa. Dan un paso hacia sí mismas, y poco después regresan al antiguo lugar por miedo a las consecuencias. El sistema nervioso oscila entre momentos de alivio y nuevas situaciones de estrés, haciendo que el cuerpo también entre en sucesivos ciclos de adaptación y reparación.

Por eso, comprender el síntoma no consiste únicamente en aliviar el dolor o corregir la deformidad, y observar qué misma vivencia continúa reproduciéndose en el presente.

Porque mientras el sistema nervioso siga interpretando que el conflicto permanece abierto, el organismo continuará respondiendo conforme a esa percepción.

«No debería hacerlo»

Si tienes un juanete, es posible que desde hace tiempo una parte de ti sepa qué necesita cambiar, qué conversación necesita mantener, qué relación ha comenzado a hacerte sentir que algo entre vosotros ya no está bien, qué proyecto desea comenzar o qué forma de vivir ya no encaja con quién eres hoy.

Sin embargo, cuando intentas dar un paso hacia lo que realmente deseas, aparecen las dudas, los miedos o esa sensación de que quizá no deberías hacerlo. Y no siempre lo reconoces como miedo: puede aparecer como culpa, responsabilidad, gratitud o compromiso, incluso como la sensación de estar fallando a alguien que amas. Porque, en el fondo, el conflicto rara vez consiste únicamente en decidir.

Porque, en realidad, lo difícil no suele ser tomar la decisión, sino todo lo que imaginas que podría ocurrir después. Quizá te preguntes si seguirán queriéndote igual, si decepcionarás a alguien o si elegir lo que tú necesitas cambiará el lugar que siempre has ocupado dentro de tu familia.

Emociones y resentires biológicos

Para comprender un conflicto biológico no basta únicamente con identificar lo que ha sucedido en la vida de una persona, lo verdaderamente importante es comprender cómo lo ha vivido. En Descodificación Biológica Integrativa (DBI) utilizamos el término resentir biológico para referirnos precisamente a esa experiencia íntima y profundamente subjetiva: no tanto a lo que ocurrió, sino a cómo fue vivido y al impacto que esa experiencia dejó en la persona.

En el hallux valgus lo que habitualmente encontramos son pequeñas (o no tan pequeñas) experiencias y decisiones que se han ido repitiendo a lo largo del tiempo: callar lo que necesitas, ceder, evitar un conflicto o tener en cuenta primero a los demás antes de preguntarte qué quieres tú. Cuando llevas años respondiendo de esa manera, llega un momento en que dejas incluso de percibirlo como algo excepcional. Simplemente, empieza a parecerte normal.

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Y quizá ahí reside una de las mayores dificultades: aquello que más condiciona nuestra forma de decidir, de relacionarnos o de tratarnos a nosotros mismos suele ser también lo que menos cuestionamos, precisamente porque llevamos tanto tiempo haciéndolo que ya forma parte de nuestra forma de entender la vida.

La voz que te habla

En consecuencia, el resentir acaba convirtiéndose en un diálogo interno casi automático, una voz que ya no necesita que nadie la pronuncie desde fuera porque ha aprendido a repetirse por sí sola. Tal vez algunas de estas frases te resulten familiares:

  • «No quiero hacer daño a nadie».
  • «No puedo pensar solo en mí».
  • «Ahora no es el momento».
  • «Ya habrá tiempo cuando todo se calme».
  • «Tengo que seguir adelante, aunque ya no me haga feliz».
  • «Es mejor adaptarme que crear un problema».
  • «No puedo cambiar de rumbo a estas alturas».
  • «Necesito que los demás estén bien para permitirme estar bien yo».

Aunque parecen expresar cosas diferentes, todas hablan de algo muy parecido: la dificultad de hacerte caso, de tomar una decisión propia o de ir hacia lo que realmente deseas cuando sientes que alguien a quien amas podría verse afectado por ello.

Infancia: tengo que ser bueno

Nadie nace renunciando a sí mismo.

Ningún niño llega al mundo creyendo que sus necesidades son menos importantes que las de los demás, que debe pedir permiso para ocupar su lugar o que expresar lo que siente puede hacer que quienes lo cuidan dejen de quererlo. Todo eso comienza a aprenderse muy pronto.

Cuando somos pequeños, nuestro sistema nervioso no tiene como prioridad que construyamos una identidad propia. Su necesidad es mucho más básica y profundamente biológica: sobrevivir. Y para un niño sobrevivir significa, entre otras cosas, conservar el vínculo con las personas de las que depende.

Un niño necesita sentirse protegido, mirado, aceptado y querido. Lo único que le inquieta es: ¿Qué necesito hacer para que sigan queriéndome?

Quizá de pequeño empezaste a medir lo que decías, lo que sentías, o incluso lo que pedías, por miedo a la reacción de los demás. Tal vez cuando dabas tu opinión te criticaban, decir «no» podía provocar que alguien se enfadara, mostrar rabia era una falta de respeto, o llorar era exagerar.

Y no siempre hubo gritos o castigos; a veces bastaba una mirada, un suspiro, un silencio o algunas frases repetidas una y otra vez:

  • «No seas egoísta».
  • «No montes un drama».
  • «Siempre con la misma cantinela».
  • «Mira todo lo que hacemos por ti».

De esta forma vas descubriendo qué emociones conviene esconder, qué necesidades es mejor callar o qué partes de ti mismo parecen resultar más fáciles de aceptar para los demás. Y así, primero dejas de expresar lo que sientes, después comienzas a anticipar lo que esperan de ti, y poco a poco llegas a tener tan presente a los demás que dejas de preguntarte qué necesitas realmente tú.

Aprendiste a adaptarte para sentirte seguro

Con los años, ya no hace falta que nadie te diga cómo debes comportarte o qué deberías elegir: aquello que comenzó siendo una forma de conservar algo tan necesario como el amor, la protección o la aprobación termina pareciéndole simplemente normal.

Esto puede ocurrir en familias donde el afecto parece depender del rendimiento, del buen comportamiento o del sacrificio; en hogares marcados por la rigidez, el exceso de control, la crítica constante o la dificultad para expresar las emociones.

Y puede adquirir una profundidad todavía mayor cuando durante la infancia han existido experiencias de abuso —físico, psicológico, emocional o sexual—, humillaciones, invasiones del espacio personal o situaciones en las que el niño sintió que no podía decidir sobre sí mismo, defenderse o expresar lo que estaba ocurriendo.

Visto desde fuera, el niño que se adapta puede parecer responsable, generoso, prudente, obediente o especialmente atento a las necesidades de los demás. Pero muchas de esas cualidades pudieron desarrollarse como la mejor respuesta que encontró para desenvolverse en el mundo que le había tocado vivir.

La dificultad aparece cuando aquello que fue útil entonces continúa condicionando la vida muchos años después.

Porque hoy ya no eres aquel niño o aquella niña que dependía completamente de los demás. Sin embargo, puedes seguir sintiendo culpa cuando dices que no, inquietud cuando alguien desaprueba una decisión tuya o la necesidad de asegurarte de que todos están bien antes de permitirte pensar en ti.

Y quizá entonces puedas mirar tu historia desde un lugar diferente. Tal vez nunca dejaste de avanzar. Lo que quizá fuiste dejando para después fue a ti. Por eso, más que preguntarte quién deberías haber sido, quizá merezca la pena detenerte ante una pregunta diferente: ¿¿Qué aprendiste a no decir, a no pedir o a no elegir para seguir sintiéndote querido?

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Lealtades invisibles

Tampoco nadie comienza su historia desde cero.

Antes de que llegaras al mundo ya existía una familia con su propia manera de entender la vida, de afrontar las dificultades, de relacionarse y también de decidir qué estaba bien y qué no. Y aunque muchas de esas normas nunca se expresaron abiertamente, estaban presentes a diario y mostraban qué significaba ser una buena hija, un buen hijo, una buena madre, un buen padre, o sencillamente alguien que cumplía con lo que se esperaba de él.

De pequeños aprendemos observando mucho más de lo que imaginamos; nos damos cuenta de quién toma las decisiones y quién suele ceder, quién se hace cargo de todo sin pedir ayuda, quién renuncia a algo importante para sacar adelante a la familia o quién prefiere callar para evitar problemas. También percibimos quién parece sentirse libre para elegir y quién vive condicionado por las necesidades o las expectativas de los demás.

Entonces, todo sobre cómo funciona una familia y cuál es nuestro lugar dentro de ella se va sedimentando en nosotros, y vamos interiorizando ideas como «en esta familia hay que estar para los demás», «esto es lo que se espera de nosotros» o «hay cosas que uno simplemente tiene que hacer».

Y cuando hemos crecido escuchándolas o viéndolas representadas una y otra vez, llega un momento en que dejamos de reconocerlas como aprendizajes y empezamos a vivirlas como si fueran la única forma posible de hacer las cosas.

Por eso, al explorar la historia familiar de las personas con hallux valgus, pueden aparecer relatos muy diferentes unidos por algo parecido: generaciones que tuvieron que anteponer el deber a lo que realmente deseaban.

Sigues sus pasos, no los tuyos

Tal vez tu abuela nunca pudo elegir con quién casarse, tu abuelo tuvo que renunciar a aquello que amaba para sacar adelante a sus hermanos, tu madre aprendió que cuidar de todos era lo que se esperaba y sus necesidades no importaban, o tu padre creció convencido de que su valor dependía de trabajar, responder y cumplir con sus responsabilidades.

Historias en las que renunciar a algo propio se entendió como una forma de cuidar o de amar.

Tampoco aquí hablamos de grandes acontecimientos; suelen ser frases aparentemente sencillas, repetidas durante años, las que terminan transmitiendo toda una forma de entender la vida:

  • «Primero están los demás».
  • «No seas egoísta».
  • «Hay que aguantar».
  • «Tengo que cumplir con mi obligación».
  • «En esta familia siempre hemos salido adelante».

Desde una mirada transgeneracional, hablamos de lealtades invisibles para referirnos a esas fidelidades familiares que pueden llevarnos a mantener determinadas formas de actuar, de relacionarnos o de tomar decisiones sin ser plenamente conscientes de hasta qué punto están vinculadas a quienes nos precedieron.

No son promesas que hayamos hecho ni decisiones tomadas conscientemente, se expresan de una manera mucho más sencilla: sentimos que hacer algo diferente a lo que hicieron nuestros padres o abuelos está mal, nos produce culpa o nos hace sentir que estamos rechazando una historia que también forma parte de nosotros. Esto no significa que estemos destinados a repetir lo vivido por nuestra familia. Se trata de ampliar la mirada y preguntarnos:

¿Cuánto de lo que hoy condiciona mis decisiones nació realmente conmigo, y cuánto aprendí de la manera en que mi familia entendía la vida?

Ahora puedes elegir

Conocer sus historias no significa buscar quién tuvo la culpa, al contrario. Ellos hicieron lo que pudieron dentro de unas circunstancias que quizá apenas les dejaron margen para elegir. Pero cuando nunca nos detenemos a mirar de dónde vienen determinadas formas de pensar o de actuar, podemos continuar repitiéndolas sin preguntarnos si siguen teniendo sentido en nuestra propia vida.

Honrar la historia de nuestra familia no significa tener que repetirla.

Puedes reconocer todo lo que hicieron quienes te precedieron, agradecer aquello que hizo posible que tú estés hoy aquí y, al mismo tiempo, permitirte tomar decisiones diferentes.

Que tu abuela no pudiera elegir no significa que tú tampoco debas hacerlo, o que tu madre se dedicara por completo a los demás no significa que cuidarte tú sea una forma de quererla menos, o que alguien de tu familia tuviera que renunciar a sus deseos para salir adelante no significa que tú tengas que hacer lo mismo para demostrar que perteneces a ella.

Uno de los descubrimientos más importantes que se producen en un proceso terapéutico es precisamente éste: puedes querer profundamente a tu familia sin tener que vivir como ella vivió. Reconocer sus dificultades no te obliga a heredarlas como destino, y respetar sus decisiones tampoco exige convertirlas en las tuyas.

Honrar a quienes vinieron antes no consiste en continuar sus renuncias, sino en permitirte hacer con tu vida algo que muchos de ellos, por las circunstancias que les tocaron vivir, nunca tuvieron la posibilidad de hacer: elegir.

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¿Por qué aparece ahora?

Una de las preguntas que más escucho en consulta cuando alguien comienza a explorar el origen biológico y emocional de un síntoma es ésta: «Si llevo viviendo así toda la vida, ¿por qué aparece precisamente ahora?»

Y tiene todo el sentido preguntárselo, porque el conflicto que hemos ido describiendo no comenzó hace unos meses. Quizá llevas años, incluso décadas, dejando tus necesidades para después, teniendo muy presentes las expectativas de los demás o tomando decisiones que no siempre respondían a lo que realmente querías.

Entonces, ¿qué ha cambiado?

Como estamos viendo, no es un único acontecimiento lo que explica el momento en que aparece un síntoma, y si bien existe una historia que lleva mucho tiempo desarrollándose, es una circunstancia concreta del presente la que vuelve a poner sobre la mesa algo que hasta entonces había permanecido en segundo plano.

Por eso, al reconstruir cuándo comenzaron las primeras molestias o cuándo el juanete empezó a hacerse más evidente, merece la pena observar qué estaba ocurriendo en tu vida en aquel preciso momento. Puede coincidir con una separación o una crisis de pareja, un cambio profesional, la jubilación, la marcha de los hijos de casa, el fallecimiento de alguien querido o cualquier situación que obligue a replantearse decisiones que durante mucho tiempo parecían incuestionables.

Y repito, lo importante no es únicamente lo que ocurrió, sino qué significó para ti. Una misma situación puede vivirse como una oportunidad, una pérdida, una amenaza o el momento en que ya no es posible seguir ignorando algo que llevabas mucho tiempo sintiendo.

Te das el permiso

Puede ser que, en tu caso, durante años hubo razones muy concretas para dejarte para después: tenías hijos pequeños, padres que necesitaban tus cuidados, dificultades económicas o responsabilidades que requerían tu atención. Pero las circunstancias cambian, y cuando aquello que aparentemente te impedía elegir ya no está, descubres que hacerlo continúa resultándote difícil.

Y entonces te preguntas: «Si ahora sí puedo hacerlo, ¿qué es lo que todavía me lo impide?». Lo que durante mucho tiempo estuvo sostenido por las circunstancias puede continuar después como una forma aprendida de responder, y seguir sintiendo culpa, miedo a decepcionar, necesidad de aprobación o la sensación de que pensar en ti significa desatender a alguien.

También puede suceder lo contrario, que el cambio ya ha comenzado: has puesto un límite que antes no te permitías, has terminado una relación, has cambiado de trabajo, has iniciado un proyecto que llevabas años posponiendo o simplemente has empezado a reconocer con mayor claridad qué quieres y qué ya no quieres para tu vida.

¿Recuerdas que hablamos de las fases del programa biológico? Pues bien, desde el enfoque de la Nueva Medicina Germánica, el momento en que una molestia aparece o se intensifica no siempre coincide con el momento de mayor actividad del conflicto, sino que se hace más evidente cuando has encontrado una solución, el conflicto pierde intensidad o dejas de vivirlo de la misma manera.

Por eso, cuando intentamos comprender por qué el síntoma se manifiesta precisamente ahora, en el caso del juanete exploramos sobre todo qué acaba de cambiar, qué situación ha comenzado a resolverse o qué estás empezando a vivir de una manera diferente. Es decir:

¿Qué estaba ocurriendo en tu vida cuando aparecieron las primeras molestias o cuando el juanete comenzó a evolucionar con mayor rapidez? 

 

De comprender a integrar

Comprender qué puede haber detrás de un síntoma es profundamente revelador. Poner palabras a algo que quizá llevabas años sintiendo, reconocer de dónde nace una forma de responder o descubrir la relación entre lo que hoy te ocurre y determinadas experiencias de tu historia, puede cambiar por completo la manera de mirarte.

Pero comprender no siempre es suficiente.

Puedes entender perfectamente por qué te cuesta decir que no y seguir sintiendo culpa cuando lo haces, reconocer de dónde viene tu necesidad de aprobación y continuar inquietándote cuando alguien no está de acuerdo contigo, incluso descubrir que muchas decisiones de tu vida han estado condicionadas por aprendizajes muy antiguos y, aun así, sentir miedo cuando intentas hacer algo diferente.

Porque una cosa es comprender una experiencia y otra muy distinta sentir que hoy puedes responder de otra manera, y ahí comienza una parte esencial del trabajo terapéutico. En consulta buscamos para qué fueron necesarias las respuestas que desarrollaste y, sobre todo, qué necesitas hoy, siendo adulto, para dejar de responder desde experiencias que pertenecen a otro momento de tu vida.

Cada proceso es diferente. Por eso, dentro de PsicoBioRenacer™, la comprensión se acompaña de un trabajo que integra historia, emoción, biología y sistema nervioso. No se trata únicamente de saber de dónde viene lo que te ocurre, sino de ir creando experiencias diferentes: expresar lo que necesitas, poner límites, tomar una decisión propia o permitirte sentir algo que durante mucho tiempo tuviste que contener.

El objetivo es comprender qué está ocurriendo en ti en tu conjunto y favorecer las condiciones para que puedas relacionarte de otra manera con aquello que hasta ahora te generaba conflicto, y sustituir la pregunta «¿qué tengo que hacer para que los demás estén bien conmigo?», por «¿qué necesito yo para estar en paz conmigo?«.

Reflexión final

Quizá comenzaste a leer este artículo buscando saber por qué te apareció un juanete y hayas terminado haciéndote preguntas que van mucho más allá de tu pie… esa fue mi intención al redactarlo 🙂 porque las respuestas siempre se encuentran dentro, alumbrando heridas que necesitan de tu mirada y comprensión.

Conocer qué conflictos biológicos han dado como respuesta la sintomatología, es acercarte a ese lugar de tu interior donde todavía permanece el dolor emocional que se ve proyectado en el dolor físico de tu pie. Tal vez hoy sea suficiente con observar qué sientes al preguntarte: si no tuviera miedo a decepcionar a nadie, ¿qué elegiría hoy para mí?

No necesitas rechazar tu historia para empezar a vivir de una manera diferente, ni dejar de querer a quienes forman parte de ella. El cambio comienza con algo mucho más sencillo: dejar de dejarte para después.

Programa Renacimiento Consciente™

Hay momentos en los que comprender lo que nos sucede ya no es suficiente. Sabemos que algo se repite, reconocemos nuestros miedos, nuestras heridas o determinadas formas de reaccionar… y, aun así, seguimos respondiendo de la misma manera.

Renacimiento Consciente™ es el programa de acompañamiento de PsicoBioRenacer™ que he creado para profundizar en el origen de aquello que hoy continúa condicionando tu vida y trabajar sobre ello de forma acompañada, progresiva y personalizada.

A lo largo del proceso ampliamos la mirada sobre tu historia personal y familiar para comprender aquello que aprendiste, reconocer las respuestas que un día pudieron ayudarte a protegerte o adaptarte y comenzar a construir una manera diferente de relacionarte contigo, con los demás y con lo que estás viviendo.

No se trata de cambiar tu historia, sino de conseguir que aquello que viviste no tenga que seguir decidiendo por ti.

Porque comprender el origen puede abrir una puerta. Atravesarla significa empezar a vivir de una manera diferente.

Mari Ángeles Cámara
Creadora de PsicoBioRenacer™ · Mentora de Renacimiento Consciente™

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No puedes cambiar los pasos que ya diste, pero sí decidir los siguientes.

 

Gracias por compartir!

Espero que esta lectura te haya servido

Acompaño procesos de sanación desde su origen, integrando diferentes herramientas terapéuticas que te ayudan a comprender tu historia, transformar tus heridas y recuperar tu poder personal.

Veamos juntos si mi Programa Renacimiento Consciente™ es para ti.

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